La palabra escrita apareció y los escribas se largaron encumbrando epopeyas de genocidas disfrazados de valientes.


Raymond Berberian en Raymond Henri Charles Berberian

Pienso que si fuera sordomudo no estaría naufragando en el engaño de la palabra. Me habría sido fácil detectar la verdad de la mentira, me habrían manejado mis sentidos como cuando la humanidad se expresaba con la mirada acompañada de gesticulaciones. Ya que al aparecer la palabra se desfiguró la verdad y con ella, se inventaron términos que no reflejaban en nada el interior de nuestros comunicadores. Los sermones y los discursos ampulosos nos demostraban un panorama muy distinto a nuestra propia evaluación. Los locuaces y los políticos fueron quienes mejor supieron ganar las gradas públicas. Con la palabra nació el comercio y el mercader de aceite sonrió a costillas de ella. Los abogados la usaron con maestría y saña para liberar a reos y asesinos de ser decapitados. Los jueces la desenfocaron, para simular justicia humana. Algunos miembros de nuestra comunidad de bípedos aseguraban que el pecado indigesta el alma y que Dios nos vigilaba desde el continente sideral infinito, piloteando su nube viajera, dejando tras de sí una larga estela luminosa, trazando los espacios con su desmedida barba blanca. Algunos hasta exageraron y a esta expresión le agregaron, que las estrellas eran los ojos de Dios, visibles de noche y desmaterializados de día.

Digamos que la palabra fue la mayor desgracia de la humanidad, seguida por la ambición. La palabra nos obligó a pensar y los pensadores la usaron para refregar en los demás sus reflexiones. La palabra escrita apareció y los escribas se largaron encumbrando epopeyas de genocidas disfrazados de valientes. Se prefabricaron héroes montados a caballo, más tarde fundidos en bronce a fin de adornar plazas públicas. Eran más reservadas, menos sensuales que colocar una figura femenina amasada en yeso, al desnudo vivo. Algunos optaron por el sexo feo y de allí surgió David, el Hermoso, tallado en mármol. Eran versiones artísticas de distintas expresiones de la palabra. Con la existencia de la palabra aparecieron los recursos para falsificar sentimientos. La palabra resultó una fuente de enamoramiento sin que se detecte su perfil manipulador. Las palabras fueron las que desataron guerras y malentendidos, produjeron rivalidades entre pueblos hermanos. Si la humanidad fuese sorda y muda, no habría sucedido tantos desastres, tantas matanzas de inocentes y tanta inconsciencia, habríamos avanzado igual con el lenguaje telepático y nos habríamos comunicado y hermanado con los habitantes del mundo entero sin sufrir engaños, decepciones, ni digerir patrañas. No habrían existido leyes, ni Mandamientos que nos ordenen como pensar y actuar. No encuadraría la rivalidad entre los pueblos y tal vez lo único que lamentaríamos sería la falta de héroes de bronce adornando las plazas públicas.
“Qué sería de una nación, sin sus héroes de bronce”

Artículo -71-
raymond_berberian14@yahoo.com.ar

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