Yo venía a hacer un país y él ya lo tenía hecho desde los inicios de los tiempos


Raymond Berberian

Libros de Rupén…
EL INDIO DE SAN JUAN…
El recomendado dijo ser oriundo de la provincia de San Juan, que había venido a Buenos Aires atraído por el prestigio que representa poner las suelas en la Gran Urbe.
Era un hombre más bien silencioso, de aspecto rudo y rostro repleto de arrugas. No aventuraba palabra alguna, salvo para responder a las preguntas que se le formulaba. Su trabajo consistía en lavarle la cara a un pequeño local que acababa de adquirir, donde pensaba inaugurar cuanto antes a escasos metros de la Catedral Palermitana, un estudio fotográfico.
Según mis cálculos, la pintura, la habilitación, el armado, la vidriera y el cartel, en el peor de los casos, no excederían los quince días hábiles y ya esa cifra había trepado al doble sin vista de un horizonte.
El hombre se presentaba a trabajar un día, faltaba otro, llegaba a cualquier hora, pero eso sí: siempre esgrimiendo argumentos y excusas inobjetables. Era tan amable, tan voluntarioso y cordial que difícilmente se le podía reprochar su falta de cumplimiento con lo pactado.
Un día al verlo llegar fuera de horario no resistí más, puse cara de enojo. En realidad el enojo era conmigo por haber confiado en un desconocido sin más referencias que mi intuición.
Al día siguiente lo estaba esperando desde temprano en la puerta del local, decidido a encararlo, apoyado en la cortina metálica y haciendo gárgaras con el verso que pensaba recitarle.
El hombre apareció cerca del mediodía, venía caminando lentamente con una sonrisa pegada a los labios. Verlo tan tranquilo me irritó aún más y lo enfrenté. Le dije que me estaba haciendo perder tiempo y dinero, que el local debía haberse inaugurado un mes atrás y todavía estabamos en veremos. Con que faltaba una pincelada por aquí, otra por allá; eran cosas de nunca acabar.
No me prestó oído, me saludó como de costumbre y se puso a trabajar. En su rostro no se le acumuló ninguna arruga nueva.
De pronto tuve una extraña sensación, como que al hombre, mi presencia le era intrascendente, que tampoco le conmovían mis broncas.
El indio seguía sonriendo suavemente ajeno a todo, removiendo sus pinturas. Su indiferencia llegó a afectarme tanto que finalicé desorientado. Yo, ya estaba en pie de guerra, montado en un imaginario alazán blanco, y del indio… ni noticias. “Este infeliz se está burlando de mí”- me dije, ideando modificar mi estrategia que hasta allí no había pegado al blanco. “El no me ha de derrotar, la razón está de mi lado”-me dije-.
De pronto me pareció ridículo gastarme en enojos sin que el contrincante esté dispuesto a responder, era como gritarle a una pared esperando que reaccione. En realidad no deseaba llevar los hechos a extremos, tampoco ofender al pobre hombre, mi intención era manifestar mi bronca y desahogarme, es todo; que sepa lo que pienso, y listo.
Me ocurrió de repente, mediar la astucia como un recurso observándolo retocar una pared trepado sobre una escalera, y le confesé, como quien no quiere las cosas, mi gran admiración por los Amerindios. Era una manera de demostrarle lo ilustrado que era. Le hablé de la sensibilidad de los guaraníes, mencioné con gran elocuencia los misterios del Cuzco, el Titicaca, el Machu Pichu y el Valle de la Luna. Allí el hombre, como que hubiese recibido un impacto de bala, se detuvo. Giró la cabeza hacia mí, abrió los ojos como no lo había hecho jamás. Por primera vez notaba que sus ojos eran de color miel, salpicados de un verde profundo.
-:“Nosotros en San Juan tenemos una Santa Popular que hace milagros. Va gente a visitarla de todos partes. Ella tuvo una historia muy triste, murió de sed escapando de los tiranos con un niño en brazos. Huyó a las montañas y allí murió, aun muerta siguió amamantando a su pequeño hasta que finalmente fue localizada y enterrada allí mismo.

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…Delinda Antonia Correa… Murió debajo de un algarrobo. Quien quita una piedra al santuario donde se encuentra enterrada sufre inconvenientes. Por eso todo el mundo reza por su alma y nadie toca nada.”

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-:“Son supersticiones me imagino” -interrumpí.
-:“No, no lo son, créame, don; es real. Se han registrado desbarrancar autos por llevarse algún recuerdo de los alrededores de la tumba. Le dicen La Difunta Correa, era una india de mis pagos”

Rozas aclara sobre la concurrencia a la Cabalgata de la Fe
Ponía tanta énfasis en su relato que mi hizo olvidar el enojo y pasar por alto los días perdidos.

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-:“El Valle de la Luna está en San Juan” –acotó sonriendo un rato después, orgulloso de pertenecer a su tierra, agregando.-: “Posee un micro clima único en el mundo. Allí en el cielo es común ver platos voladores, don. Debería usted conocer mi San Juan”.
De a poco nos estábamos haciendo amigos. Yo, con mi bagaje de extranjero a cuestas y mi particular modo de querer ganarle tiempo al tiempo y él con su reloj desacelerado, la diferencia era notable, abismal.

 

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Yo venía a hacer un país y él ya lo tenía hecho desde los inicios de los tiempos y sin embargo algo nos hermanaba: teníamos un profundo respeto el uno hacia el otro. Los dos, de una y otra manera tocábamos la cabeza de la serpiente que enlaza la historia de la humanidad.

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Conversar con él me elevó a las invasiones españolas y portuguesas en este sector de América y me estremecí. Me estaba poniendo en la piel del indio, percibía cómo iban siendo explotados, marginados, ultrajada su dignidad como seres humanos, sustraído su territorio y lo peor: haberles confundido su identidad.
Aunque no me una ningún vínculo afectivo, cultural o de sangre con la existencia del indio, el simple hecho de encontrarme sobre este suelo sin el debido consentimiento de sus auténticos dueños me hacía sentir un intruso. Estuvo comiendo el pan que ellos sembraron, forjando una nueva residencia sobre la de ellos.
Llegué a este rincón del mundo queriendo encontrarme con indios con plumas, gauchos tomando mate con bombilla, luciendo facones, boleadoras, zapateando malambo y bailando el chamamé al son de la acordeona. Para mi decepción Buenos Aires me recordó a París. Los guaraníes, mapuches, quechuas, ranqueles, tobas, wichis, aymaras y diaguitas y tantos otros difícilmente reconocibles a simple vista, salvo por algún rastro característico imborrable en su fisonomía, a pesar de la sangre española, usaban vestimenta europea. Y qué pena.
El indio, de San Juan, me había conquistado ofreciéndome su trasparencia, la misma que ofreciera a los invasores de su tierra.
Hoy, que el tiempo ha transcurrido, no sabría quien de los dos llegó a admirar más al otro.
Al finalizar su trabajo, José, que jamás confesó ser un indio, se despidió de mí con un afectuoso abrazo que atesoro como una de las experiencias más caras de mi vida.
_: ¡Adiós don…! -exclamó-. Voy a hablar de usted en mi pueblo, ¿sabe don?
…Fueron sus últimas palabras.
Nunca más lo volví a ver, supe que había regresado a sus pagos esa misma noche.

Raymond raymond_berberian14@yahoo.com.ar

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