Aunque les duela a muchos…


Raymond Berberian 

QUE ME ARROJEN LA PRIMERA PIEDRA
Iba con mis escritos tocando puertas de una institución a otra y regresaba a casa desanimado sin un pan debajo el brazo.
“¡A ese, yo lo conozco, me sacó las fotos de mi casamiento y ahora se la da de escritor!” “¡Es un Catolíc!” –me tildaban algunos, despectivamente, como diciendo: “Él no es un armenio de los nuestros, no es un pura sangre tradicional como lo somos los de nuestro grupo”.
Nunca olvido aquella pareja de ancianos que me encararon con “Tun haies, ¿insh bess, haieren ches quider?; ¡amote!” (Eres armenio y no sabes hablar armenio… Es una vergüenza.)

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Desde que tengo memoria viví atragantado con una espina y hoy, aunque fuera lo último que pronuncio, quiero exponerla ante mi gran familia de Venerables Capitanes, Comandantes, Coroneles y Generales.
Fui, y sigo siendo marginado por animarme a pensar y tener la osadía de revelar mi propio criterio, armarme de opiniones distintas que no cuajan con las de ellos y de no pertenecer a sus prestigiosas instituciones políticas. No faltó quién trató de desmerecerme diciendo que según mi apellido, yo no era el clásico armenio de pura sangre, ya que los auténticos apellidos armenios poseen denominaciones de santos y ciudades. Entonces, me dije, los Naregatzí y los Arzrouní no estarían actualizados.
Durante mucho tiempo busqué hacerme amigo de algún miembro de esa supuesta Patria tan personal en el exilio, fue cuando escribí: “En los ojos del amigo sólo leo la envidia”.
Al principio me negaba comprender que entre hermanos de una misma ascendencia y origen podía existir tanto fanatismo, tanta obsesiva rivalidad, incluso odio disimulado tras una hipocresía convencional. Traté de convencerme de mil maneras, diciéndome: todos ellos son mis hermanos y yo los amo; pero… Ellos, eran los Señores y yo un pobre soñador ingenuo; un Quijote, un injerto que deseaba colarse con su literatura y su particular enfoque de su propia armenidad en medio de ellos y acoplarse a sus supuestas glorias prohibitivas.
Supongo, se creerían más armenios que otros al discriminar a un hermano, sea por su condición económica o por no congeniar con su mentalidad tradicional. No comprendían que podía existir entre los marginados una diversidad de criterios que les sería útil contemplar.
No obstante reconozco que poseían todo el derecho de errar en la egolatría y también de equivocarse. Yo, a esos hermanos; (no generalizo por supuesto) de la Apocalipsis, los compararía con la mentalidad del turco, el turco no reconoce su típica soberbia de ignorante.
Sentirse armenio, Estimados Señores de la Batuta, no consiste únicamente en saber hablar el idioma, en pertenecer a un grupo político cerrado; es aceptar, respetar, amar y rescatar a la oveja perdida, no por lo que posee, sino por lo que es. Por otro lado, yo, como escritor, me manejo en varias lenguas expresando mi armenio y con ello aunque les duela a muchos, respetando a los demás, honro mis raíces.
Raymond raymond_berberian14@yahoo.com.ar

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