Turquía que aclare sus buenas intenciones y cuales son sus intereses por reconocer en nosotros,(ARMENIA) a su gran amor imposible


Raymond Berberian 

LAS ÁGUILAS TAMBIEN MUEREN s
Turquía considera a los armenios sobrevivientes del genocidio, como que abandonaron su país “Turquía” por propia voluntad, por consiguiente tanto ellos como lo asirios, siríacos, griegos, kurdos, lazes laces y yezidí pertenecen a la diáspora turca.
Pues bien, que Turquía, (hoy potencia mundial junto con Israel, apadrinada por los EEUU), exponga en bandeja sus buenas intenciones, que aclare cuales son sus intereses por reconocer en nosotros a su gran amor imposible: su diáspora turca, y nosotros gustosamente las estudiaremos.
No sabría decir cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a jugarnos la vida en volver bajo las condiciones actuales, aunque…, si exagerara, supongo que no excederían los dedos de una mano. No obstante eso, algunos irían como turistas a rezar sobre el suelo de nuestros ancestros y, casi seguro, les sería obsequiado un libro ilustrado, recordatorio de quien fuera uno de los cabecillas del Genocidio contra la población armenia en Anatolia y Cilicia: Mustafá Kemal, alias el “Ataturc”.
Por otro lado, tengo entendido que Armenia (República Independiente) no está capacitada o no considera de su incumbencia acordarnos, los ocho millones de hermanos diseminados por el mundo, una suerte de identidad, un simple carnet que nos reconozca como: Armenios Occidentales, procedente de Turquía” Pero eso sí, nos ofrece un Pasaporte, lo cual es un honor para cualquiera de nosotros, pero es algo como ofrecerle un traje de etiqueta al que le falta zapatos o un tatuaje en la nuca o la espada.
Nuestra prolongada estadía fuera de nuestras raíces, nos ha permitido adquirir documentaciones de diversas nacionalidades. Para mí; La nacionalidad y el origen son dos cosas distintas. Yo, por ejemplo, poseo más de una nacionalidad en mi haber, mas ninguna señala mi origen. Eso da a entender que no siempre las nacionalidades comulgan con el origen.

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Si bien el origen se pierde en la historia de los tiempos, en algunos casos excepcionales como el nuestro, se sostiene y se lo trata de reflotar con lo que uno quiere ser y eso, va más allá de la denominación, la fisonomía, el carácter y la idiosincrasia.
Gran parte de mi vida fui francés, incluso me identifiqué como francés, al igual que aquel africano en mi paso por Dakar (África Occidental) me preguntó si era francés y le dije que sí y él, henchido el pecho, replicó: (¡Comme moi!) Igual que yo. (Je m’apelle Renault 4) Me llamo Renault 4.
En el fondo me estaba engañando a mí mismo, escondiéndome en una apariencia adoptiva con la que, en honor a la verdad, entre los dos habíamos llegado a congeniar bastante.
Siempre presentí que en mí existía otro ser al que no le daba cabida, un ser que jugaba al escondite dentro de mí, por momentos se asomaba debajo de mi honda superficie del que me era imposible ocultar, ni siquiera razonando aquella conclusión de mi padre, huérfano de Diyarbekir quien fuera rescatado y conducido a Alepo Siria al igual que mi tía Arek y chamir, mi madre: (¡Toi tu est français, l’Arménie n’existe plus!) ¡Tú eres francés: Armenia no existe más!
Un día alguien me señaló una iglesia armenia, era un domingo. La gente había comenzado a salir y bajaba por las escalinatas.
Me sentía motivado, como cuando de chico en París, pegaba mis narices en las vidrieras que exhibían soldaditos de plomo.
Fantaseaba con los rostros de las mujeres comparándolas con mi madre que apenas recuerdo. Era mi gran familia perdida en el olvido. Sonreía, pero nadie me devolvía la mirada. Fue cuando me di cuenta que yo era la oveja perdida reflotada de un universo desconocido.
Y fueron pasando los años tratando de curar aquella espina que seguía hiriéndome. No faltó quién me dijera que mi apellido no era el de los puros y auténticos armenios, puesto que mi apellido se refería a un oficio; no así a nombres de santos. Sabía, sin embargo, que habría una puerta en algún recodo del camino de tantas que sobre la marcha me fueran cerradas en mi cara, una que yo mismo inventaría y eso fue lo que hice.
Mientras iba tropezando, peleándome contra los molinos de viento, fui haciéndome un camino paralelo y sacando mis propias deducciones: Tratar de no morir, antes de tiempo. Y si parto; estar convencido que habrá quienes me relevarían y llevarían mi balsa a buen puerto.
Con paciencia, las águilas también mueren…
Rupén raymond_berberian14@yahoo.com.ar
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