Yo debo morir para que tú me reemplaces y tú debes desaparecer para que yo permanezca en los demás.


Raymond Berberian 

YO, TÚ, ÉL Y NOSOTROS…
Si buscáramos la verdad en lo desconocido, nos enfrentaríamos con la mayor de todas las decepciones: de que tú y yo somos hermanos, aunque seamos diferentes, física, mental y tengamos arraigadas costumbres y educaciones opuestas; de que somos, de que fuimos o de que hemos de seguir siendo…
Hoy disiento con la moral de ciertos pueblos cuando pude haber pertenecido a los mismos en anteriores existencias. Cualquiera de nuestras actitudes, aun siendo en defensa propia, son posturas erróneas y apuntan negativamente en nuestro haber. No me extrañaría y no hay nada malo en ello, que en otras vidas, “yo”, haya sido judío, cristiano, mahometano, budista, ateo, caníbal o adorador del Sol Naciente. El hecho de ponerme en contra de algunas de esas creencias o razas, basándome en su comportamiento criminal, sería atacarme a mí mismo en ellas. Nadie sabe qué cantidad de vidas nos tocó hasta aquí de nuestro recorrido por la existencia, ni a quiénes ocupó nuestra alma. En definitiva, la discriminación es una de las ridiculeces del hombre de todas las épocas. Acaso también uno de sus pecados cardinales, puesto que en la esencia todos somos iguales, aunque con distinta clase de evolución, de conciencia, de sensibilidad, de educación moral y de desigualdad. Somos partículas vivientes de un Todo. La misma alegría que experimentamos al contactarnos con personas desconocidas, comprueba a las claras de que las mismas han, de alguna manera, pertenecido a nuestro círculo y es también posible que nos estemos viendo reflejados en ellos; estemos discretamente recreando nuestras virtudes y visualizando nuestros defectos en ellos. Salgamos de una base: no amamos ni odiamos, sino a nosotros mismos en los demás. En realidad los terceros no existen; estás tú y yo. Tú eres mi espejo y yo, el tuyo. Yo debo morir para que tú me reemplaces y tú debes desaparecer para que yo permanezca en los demás. Nos encadenamos aliándonos unos a otros para que sigamos andando al paso de la humanidad. Ser hombre o mujer indistintamente es un simple accidente que no se adquiere por merecimiento. La naturaleza no hace distingos de sexos. Nosotros somos quienes los subastamos y los discriminamos, del mismo modo que nos oponemos inconscientemente a la hermandad del “Yo”.
Raymond. Poeta de la Patria Robada. “La vida es un obsequio” ¡Tenlo en cuenta!
raymond_berberian14@yahoo.com.ar

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