No nos engañemos: Israel no respaldaría jamás a los armenios


Raymond Berberian 

HOY, CIEN AÑOS MÁS,
CIEN AÑOS MENOS
El genocidio de la familia armenia sobre sus raíces ancestrales con un saldo de más de un millón y medio de mártires, fue ideado y orquestado a la sombra de la Primera Guerra Mundial en colaboración de Alemania, por los ministros del Estado turco (deunmé): judíos sefardí ladinos, expulsados de España por los Reyes Católicos. Sobre aproximadamente cuatro millones que comprendía nuestra comunidad, cerca de medio millón sobrevivió al hambre y la sed.

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Yo pertenezco a la segunda generación y me asombra notar que los de mi edad e incluso las generaciones siguientes se hayan olvidado por completo quienes fueron los causantes de nuestra desgracia común. No sé en qué basan sus expectativas, sus esperanzas, sabiendo que el obstáculo mayor hacia un posible y formal reconocimiento del genocidio y sus crímenes de lesa humanidad perpetrados por el Estado turco depende, aunque parezca inverosímil, de la aprobación de Israel al reclamo armenio sobre sus derechos, sus bienes, sus tierras y su lógica indemnización.
No nos engañemos: Israel no respaldaría jamás a los armenios; no obstante reconocer que con ello comete una grave injusticia, lo mismo que su amado comodín: Los Estados Unidos y, España, con su cargo de consciencia por haberse desprendido de los Sabios de Sión. No lo harían; no sólo por su parentesco carnal con Turquía, sino porque entienden, a modo de refregarlo en las narices del mundo, que su shoah fue, es, y será, la mayor y única desgracia humana de la clase élite: Amantes de la Paz, dioses en la Tierra.
Nunca; e insisto: ¡nunca! El judaísmo tendió una mano a los armenios; ¡jamás! Y si lo hayan hecho, que yo ignore, habría tenido un costo leonino. Fueron los armenios quienes socorrieron judíos durante el régimen Nazi y ellos lo saben. Poseen un museo donde se expone los nombres y retratos de los judíos que fueron salvados. No así, los de las familias protagonistas armenias.

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¿Ingratitud? No; simplemente usura internacional.
No es de olvidar que muchos de los sobrevivientes del genocidio fueron rescatados, socorridos y tratados como hermanos por sirios, libaneses, iraquíes, palestino y otros pueblos de la región. Mis padres, huérfanos de Diyarbekir, Antigua Dikranaguerte, como tantos otros de Cilicia (Guiliquia) Antiguo Reino de Armenia, encontraron refugio en Alepo, Siria.

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Yo no entiendo, ni lo concibo que importantes organizaciones y cerebros de nuestra comunidad en la diáspora lisonjean con los herederos de quienes fueron los causantes de nuestra adversidad, sin contemplar su carnicería humana en los territorios palestinos.
Tal vez yo esté equivocado, no entienda nada de la hipocresía internacional con que, para seducir a una víbora consista en silbar en su idioma. Para mí; un pueblo capaz de arrancarles los ojos a unos niños, es peor que las bestias… Son ejemplos de un salvajismo extremo e impío que debería ser señalado al mundo como una falla de una mentalidad endemoniada.
El burro tropieza una sola vez con la misma piedra y nosotros, los armenios de la diáspora diseminados por el mundo, seguimos cometiendo el mismo error: confiar en la bendición de la Serpiente del Edén.
Respetuosamente… Yo.

 

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