¿POR QUÉ UN PAPA ARGENTINO Y MALVINERO IRRITA TANTO AL PRO?


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El macrismo lumpen cuestionó al Papa por pedir lo mismo que CFK y el Comité de Descolonización de la ONU, hace medio siglo: diálogo pacífico y la soberanía de las Malvinas.

Por Roberto Caballero (*)

Hay un antikirchnerismo tan enceguecido, tan violentamente comprometido con el envenenamiento del discurso público, que ya no puede separar lo prosaico de lo eminente.
El tuit que lanzó a las redes de la diputada del PRO Laura Alonso (“La causa es justa, Francisco. Cae una vez más en la trampa como con la remerita”), después de que circulara la imagen del Papa con un cartel que reivindica el diálogo entre la Argentina y el Reino Unido por la soberanía de nuestras Islas Malvinas, es síntoma exponencial del grado de barbarismo al que llegó el derrape de este sector de la oposición.
El Papa no es, como propone el catolicismo conservador, una persona infalible. No está ni exento de errores ni está prohibido señalárselos. Pero cuando como jefe de una nación espiritual de 1200 millones de almas desparramada por todos los rincones del planeta, entregado como está a predicar la paz en el mundo, elige visibilizar la postura dialoguista del gobierno argentino, acusarlo de bobo o torpe, como sugiere la macrista Alonso, habla más de las trampas en las que cae la propia diputada por su exceso de antikirchnerismo lumpen, que de las capacidades de Francisco.
La representante macrista desconoce tres cosas esenciales: 1) que el reclamo de diálogo pacífico por nuestras islas constituye una política de Estado, que cuenta con el apoyo casi unánime en la ONU; 2) que Jorge Bergoglio, mucho antes de llegar a Papa, ya era un hombre preocupado por la cuestión Malvinas; y 3) que cuando alguien demostró el talento para construir el poder necesario que lo convierte en Papa, viniendo de los confines del mundo como Jorge Bergoglio, si hay algo que sabe es evitar celadas y maquinaciones diversas.
Tras el episodio del cartel, lo volvió a reafirmar su mejor amiga, la periodista Alicia Barrios, de trato frecuente con el ahora Pontífice, a quien “Jorge” desde los tiempos en que Bergoglio iba a comer a su casa, cerca del estadio de River Plate: “A Francisco nadie lo toma por sorpresa.”
Claro que en su tuit la diputada Alonso alude, no sólo al cartel por Malvinas, sino también a la foto que Francisco se hizo hace un año con una remera de La Cámpora, junto al diputado por el FPV Andrés Larroque, militante de dicha organización juvenil kirchnerista. Para explicar aquel retrato cargado de simbolismo, la derecha mediática y clerical de modales más barrabravísticos apeló a un supuesto engaño del que el Papa habría sido víctima. Francisco no hizo las cosas así porque así las deseaba hacer, decían, sino que en su bondad infinita se dejó manipular por uno o varios inescrupulosos que le robaron la foto. Eso, y tratarlo de zonzo es casi lo mismo. Ahora insisten.
La verdad es que el Papa no es militante kirchnerista. No lo fue antes, ni pasó a serlo cuando se quiso fotografiar con la remera camporista. Y tampoco es de cometer zonceras. Ni aquella vez, ni en esta oportunidad, con el cartel de Malvinas. Francisco es el hombre que llegó a Papa en el mundo de las pantallas. No ignora la fuerza que tienen las imágenes. Vive en Santa Marta, en el corazón de Roma, no en una ermita aislado de todo.
La foto con Larroque no fue obra de un paparazzi K. Fue un gesto. Una señal con sentido concreto. Del mismo modo que fotografiarse o dejarse fotografiar con CFK en la misma jornada en la que dio su bendición apostólica a toda la familia presidencial, noticia omitida a sus audiencias por Clarín y La Nación, a pesar de que tienen corresponsables en la curia vaticana.
Francisco hace lío, a su modo. Incomoda, sobre todo, a los propios que lo querían de estampita religiosa anti-K. Por eso, en el peor momento de demonización de La Cámpora, decidió dejarse retratar junto a uno de sus referentes. El mensaje fue inequívoco. La juventud militante es un valor. Desde Europa, el fenómeno de la repolitización de amplias franjas de adolescentes, es visto como una virtud recóndita.
Esa misma juventud, durante las inundaciones en la ciudad de La Plata, hizo un trabajo de voluntariado inmenso para achicar la grieta entre la política y el dolor humano. El Papa lo sabía. Estaba al tanto. Larroque había estado al frente de aquel operativo que movilizó a miles de pibes y pibas a tender sus manos solidarias a los afectados. Como volvieron a hacerlo ahora, en las jornadas “La Patria es el Otro” del fin de semana pasado.
Tampoco fueron gratuitos los encuentros con CFK. Francisco no quiso ser utilizado como ariete por sus detractores embarcados en temerarias operaciones destituyentes. Con innumerables fuentes en el territorio de la política local y la geopolítica internacional, sospechaba que había en marcha un proceso de desgaste que tenía por objeto la salida anticipada del poder de la presidenta. Parecido al que vive hoy la jefa de Estado brasileña, Dilma Rousseff.
Hubiera sido una catástrofe de grandes proporciones. Un nuevo traspié histórico de nefastas consecuencias. Por dos motivos: la crisis propia derivada de la ruptura institucional y la revuelta cívica asegurada por el enorme grado de movilización kirchnerista, que en nada se parece a la impotencia delarruista del 2001.
Con generosa habilidad, el Papa tendió vínculos para desalentar cualquier ilusión de desmadre democrático. A diferencia del antikirchnerismo cerril que se manifiesta en los medios hegemónicos, siempre vio al oficialismo, no como una secta lunática sino como lo que es: la fuerza política mayoritaria que interpreta a la sociedad argentina de esta época. Por eso Alonso y sus amigos escriben lo que escriben. No le perdonan a Francisco que incluya al kirchnerismo entre los sectores permeables a su prédica, que lo incorpore a su visión aceptable del mundo, que vea algo positivo donde sus diarios aseguran que nada hay de bueno.
A diferencia de lo que la diputada macrista opina o de lo que, a veces, se escucha en la mesa de Mirtha Legrand, el jesuita Francisco no cree que el kirchnerismo sea un accidente político extirpable, o un fenómeno análogo a una dictadura o a cualquier otra cosa horrible que merezca ser combatida con tanta ferocidad en los discursos y en las acciones. Ya ni se habla con Elisa Carrió, precisamente, por esta odiosa caracterización del kirchnerismo y de los kirchneristas, y por el invento de la grieta.
¿Entonces, el Papa se hizo kirchnerista? No. Con 30 años menos, quizá. De haber tenido tiempo de hablar más largo con Néstor Kirchner, a quien despidió como “el compañero”, tal vez. Pero donde otros ven autoritarismo o irritación, seguramente advierte algo de la irreverencia transformadora que él mismo, que no es un neoliberal, reclama al mundo injusto y desigual cada vez que habla.
¿El Papa se hizo malvinero ahora? Es otro error. Ya lo era. El archivo y el mandamiento divino, no dejan mentir. El 1 de abril de 2010, cuando era arzobispo de Buenos Aires, luego de lavarles los pies a 12 internos de la Unidad Penitenciaria del Hospital Neuropsiquiátrico Borda, pidió no olvidar a los ex combatientes “que regaron con sangre el suelo argentino” y aseguró: “Las Malvinas son nuestras.”
Dos años después, durante una misa en conmemoración de la guerra, sostuvo: “Venimos a rezar por aquellos que han caído, hijos de la Patria que salieron a defender a su madre, la Patria, a reclamar lo que es suyo de la Patria y les fue usurpado.” Esto le valió una réplica de David Cameron, el primer ministro inglés, cuando se supo la noticia de que había sido ungido como Sumo Pontífice: “El Papa debiera estar más atento a la fumata de la islas (en referencia a un plebiscito kelper) que a lo que sigue diciendo sobre la cuestión Malvinas.” La embajadora argentina en el Reino Unido, Alicia Castro, salió entonces en su defensa: “Tuvimos la suerte extraordinaria de tener un Papa argentino que es malvinero.”
Por eso la macrista Alonso se equivoca. El Papa no es ni torpe, ni zonzo, ni nada. Siempre dijo lo mismo. No promueve el odio ni la guerra. Habla del diálogo y la paz. Aprovechó el cartel que le dieron para volver a manifestárselo al mundo, sin necesidad de grandes ensayos, justo al cumplirse medio siglo de la resolución 2065 de la ONU. Con la contundencia de una foto, a través del Twitter, que se puede usar para sembrar desde el rencor y la incomprensión más problemas a los problemas, como lo hizo Alonso, o para cosas realmente cruciales, como lo hizo Francisco. ¿Por qué sería un conflicto para el PRO que haya un Papa malvinero? Es incomprensible que un partido nacional, aunque sea de derecha como el que fundó Mauricio Macri, asuma idéntica postura que la Cancillería británica.
La única duda posible es si Francisco hizo lo que hizo por Papa o por argentino.
En él, la sensación es que es por ambas cosas.
Son inescindibles. Como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

(*) Publicado en Tiempo Argentino el 23 de Agosto de 2015.-

http://www.lacampora.org/2015/08/23/por-que-un-papa-argentino-y-malvinero-irrita-tanto-al-pro/

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