Supone que nosotros, los armenios de la diáspora, les tenemos odio a los turcos, nada de eso, tan sólo reclamamos a sus dirigentes, nuestros derechos y el reconocimiento de la verdad.


Raymond Berberian

HABLO POR MÍ
Desde Estambul, Turquía, una joven argentina, descendiente de armenios, intentaba explicarme, según los conceptos recogidos durante su estadía en Turquía y a través de sus amistades, que decía valorar, que el pueblo en general era amable, cordial y divertido y, que en línea general desconocía lo ocurrido durante aquellos años trágicos del genocidio de armenios. Mustafá Kemal, Atatüc, un (deünmé) Padre de la Patria Moderna, había logrado borrar de la memoria del pueblo turco la existencia de los armenios como pueblo milenario, dueños originarios de gran parte de Turquía; diezmado y masacrado por los turcos y kurdos.
Y yo, perteneciente a la segunda generación de refugiados, de aquellos que lograron sobrevivir al Genocidio, pienso en la alegría de los jóvenes turcos y me revuelca el estómago, puesto que La felicidad que ellos disfrutan en gran parte nos pertenece, fue en canje con nuestra desgracia. Ellos heredaron nuestras herencias naturales y se quedaron con la fortuna y el suelo de nuestros ancestros. Evidentemente deben de ser gente alegre, cordial y buena, pertenecen a otras generaciones, son más evolucionados que sus abuelos otomanos, descendientes de las hordas salvajes de Asia Central. Nosotros también lo somos; buenos y respetables, de momento en que hemos sido acogidos con los brazos abiertos sin discriminación en este vasto mundo.

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Para mí, nuestra amiga, con toda su buena voluntad, que me merece admiración, se olvida de lo principal, que las autoridades turcas minimizan nuestra desgracia aun tildándonos de diáspora turca. Y, si así fuéramos, no nos devuelve lo confiscado por el Estado, no nos dan el derecho de ciudadano de la Nación turca (de Origen armenio). Nosotros para Turquía, seguimos siendo extranjeros, sobrevivientes expulsados por ser de origen armenio y cristianos. No somos bienvenidos según Erdogan, lo mismo que los Gays y los periodistas extranjeros.
¿Qué culpa tengo yo de estar viviendo en la casa de un hermano, no por ello no me sienta honrado y agradecido…?
A esa niña le cuestionaron su apellido extranjero y yo entiendo que los apellidos no hacen al origen, mucho menos al sentimiento, porque uno es lo que quiere ser en el momento en que lo decide.
Supone que nosotros, los armenios de la diáspora, les tenemos odio a los turcos, nada de eso, tan sólo reclamamos a sus dirigentes, nuestros derechos y el reconocimiento de la verdad.
El Estado turco tiene cerrada su frontera con Armenia, alimenta disimuladamente la xenofobia racial contra nosotros apoyándose en la alergia de Azerbaiyán. Se unió a los del Califato para terminar de masacrar a los armenios de Alepo y Kessab, en Siria. (En su gran mayoría refugiados, sobreviviente del Genocidio).
El Estado turco no juega limpio y nosotros lo sabemos, porque lo sufrimos en carne propia. El pueblo, la juventud es otra cosa. Y me parece normal que nuestra buena amiga se haya quedado impresionada por el trato recibido por sus lindas amistades. La juventud, de no estar contaminada de fanatismo, es buena en todas partes y Turquía no es la excepción.
Yo sé, y sería hipocresía de mi parte negar, de que hubo muchos turcos nobles que se opusieron a cumplir las órdenes impartidas desde Ankara por el Ministro de Interior Taleat (otro deünmé), contra la población armenia. Guardo en mis archivos numerosos nombres de piadosos turcos, musulmanes de ley, que salvaron armenios, aun jugándose la vida. Lo sé, y en el fondo, quien más quien menos lo reconocemos todos. Si yo vivo y puedo contar mi cuento, es gracias a una familia turca, musulmana, en Diarbekyr que ocultó a mi madre y mi tía de seis y ocho años de edad, mientras los Mendildjian iban siendo masacrados. Se me caen las lágrimas de agradecimiento; pero… lamentablemente, una golondrina no hace verano.
RUPÉN
raymond_berberian14@yahoo.com.ar

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