25 DE MAYO 2003-25 DE MAYO 2015: LOS AÑOS DEL RESCATE POLÍTICO, ECONÓMICO Y SOCIAL DE LA REPÚBLICA ARGENTINA Néstor Kirchner o el aleteo de una mariposa


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Tiempo Argentino

Néstor Kirchner o el aleteo de una mariposa

La llegada del kirchnerismo al poder inauguró una nueva forma de entender la democracia: enfrentó a las corporaciones y promovió el crecimiento como herramienta para una mayor inclusión social. “La Patria es el otro” y “Nunca Menos”, la mejor síntesis de esta época.

María Seoane

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A comienzos del siglo XXI, le tocó al kirchnerismo rescatar a la Argentina del borde del abismo. Pero ese movimiento de tracción ocurrió, ahora lo sabemos, porque hubo un aleteo de mariposa, una pequeña alteración impulsada por la decisión personalísima de un hombre y una mujer de modificar el curso de la historia; el curso previsible de que la política fuera impotente para cambiar la realidad; para disolver el núcleo resistente del poder conservador y reparar así las consecuencias de un saqueo neoliberal que llevaba, por lo menos, tres décadas desde 1976 a 2003. Un saqueo que, en realidad, se había iniciado en 1955 con el derrocamiento del peronismo, y se extendió en etapas sucesivas –con golpes militares de baja intensidad alternados con períodos democráticos efímeros–, y alcanzó su clímax con la instauración en 1976 de una dictadura terrorista burguesa por su crueldad y devastación de miles de vidas y bienes.
La bomba neutrónica, asentada en el pacto entre las Fuerzas Armadas dirigidas por Jorge Rafael Videla y la burguesía agroindustrial y el capital extranjero –empresas y bancos– representados por José Alfredo Martínez de Hoz, edificó la ciudadela represiva de cientos campos de concentración para torturas y asesinatos masivos para el ingreso del capitalismo argentino a su etapa de acumulación financiera. El modelo Videla-Martínez de Hoz chorreó sangre y especulación. La onda expansiva atravesó como una flecha sin límites el período de la restauración democrática (1983-1989), hasta el blanco final durante el menemato en la década del ’90, con la destrucción capilar de la Argentina inclusiva. La dictadura terminó en una tragedia económica y social: un 15% de desocupación, una guerra perdida en vidas y bienes, una inflación del 719%, un endeudamiento externo de más de 45 mil millones de dólares, y una fuga de miles de millones de dólares “baratos”, financiados por los argentinos, fue el diseño más pertinaz del capitalismo financiero argentino. Así, la sentencia de Martínez de Hoz declarando el “intervencionismo estatizante y agobiante” como el enemigo a derrotar no se revirtió durante el gobierno de Raúl Alfonsín. Su aporte extraordinario al juzgar a las cúpulas de las juntas militares de la dictadura con el Nunca Más como testimonio de aquellos crímenes imperdonables e imprescriptibles, no pudo mantenerse. Hubo leyes de Punto Final y Obediencia Debida que establecieron por 20 años la impunidad para los responsables de ese genocidio político. La crisis económica devoró la credibilidad del radicalismo, partido de gobierno, al no poder modificar el yugo de la deuda externa, las presiones del FMI y la reconstrucción de un Estado saqueado por las corporaciones económicas bajo el rótulo de la Patria Contratista. El dirigente más popular y querido del radicalismo debió entregar el mando anticipadamente, hundido por una hiperinflación que llegó al 2100% en mayo de 1989 y un estallido social derivado en saqueos populares para comer, repitiendo el karma del radicalismo en el siglo XX: ningún gobierno de ese signo, excepto el primero de Hipólito Yrigoyen (1916-1922) y el de Marcelo T. de Alvear (1922-1928) terminará su período presidencial. Alfonsín sedimentó el camino democrático como pocos dirigentes de la historia, pero fue devorado por la supremacía de un liberalismo reaccionario en el seno de su partido que pujó por no revertir el modelo económico dictatorial, el esquema de la valorización y especulación financiera y que derivó en un círculo perverso que se había repetido por medio siglo: endeudamiento, ataque contra las reservas para la fuga de divisas, inflación, desocupación, recesión y golpe político.
La llegada del populismo conservador de Carlos Menem en 1989 no cambió sino que profundizó el modelo económico de la dictadura. A Martínez de Hoz le seguirá, centralmente, Domingo Cavallo, operador del capital financiero internacional. Los dos gobiernos de Menem (1989-1995 y 1995-1999), régimen que el gran intelectual Eduardo Grüner definió como menemato, tuvo como guía para la acción el “Decálogo menemista” elaborado por su ministro Roberto Dromi: “Nada de lo que deba ser estatal permanecerá en manos del Estado.” Así, la reforma del Estado (las privatizaciones a mansalva) para liquidar a precio vil el patrimonio social de los argentinos conseguido durante el siglo XX, atravesado por una corrupción sin límites que enriquecieron a funcionarios menemistas con comisiones ilegales sobre el remate del Estado; la concesión política a las corporaciones –económicas y mediáticas–; la ratificación de las leyes de impunidad a las que se sumaron los indultos para los crímenes de lesa humanidad, fueron el verdadero vademécum del menemismo, acto final de la dictadura cívico militar del ’76, pero esta vez a través de haber transformado el peronismo en el partido del orden que esa burguesía necesitaba para cooptar dirigentes y embaucar ciudadanos. Menen hizo del saqueo y la corrupción una política de Estado. Nada quedó: trenes, petróleo (YPF), gas, agua, aviones (Aerolíneas Argentinas), entre otros. La Ley de Convertibilidad (un peso igual a un dólar) pergeñada por Cavallo en 1991 bajó la fiebre de la inflación pero dejó a la Argentina sin defensas monetarias ante la fuga masiva de divisas, dólar barato, sostenido con un endeudamiento fatal que llevaría a la peor recesión de la historia argentina al final de esa década. Según Eduardo Basualdo y Matías Kulfas, es relevante recordar que a mediados de la década de los setenta (1975) los capitales locales en el exterior sumaban menos de 5,5 miles de millones de dólares, mientras que a finales de los noventa (1999) superaban los 115 mil millones de dólares. La deuda externa llegó, en 1999, al comenzar el gobierno del radical conservador Fernando de la Rúa, a más de 145 mil millones de dólares, casi el 60% del PBI. La desocupación y subocupación, a más del 25 por ciento. Al final de esa década, el 80% de las grandes empresas eran extranjeras. Menem diseñó una política internacional de “relaciones carnales” con los EE UU; de sometimiento a la estrategia de no integración con Latinoamérica y una Corte Suprema adicta, con nueve miembros –de la que sobrevivirán a futuro dos miembros, Enrique Petracchi y Carlos Fayt– que fue llamada Corte de la mayoría automática, para gobernar sin sobresaltos. Menem impulsó la reforma constitucional de 1994 para sellar, con Alfonsín, su reelección pero, al tiempo de conceder al radicalismo y a otras fuerzas algunas reformas de carácter progresista –mecanismos de consulta popular e incorporación del país a pactos internacionales, entre otras–, el objetivo fue hacer irreversibles las reformas neoliberales que consumaron el remate espurio del Estado.
El adormecimiento social –roto por las protestas obreras, los piquetes, que resistían el desmantelamiento de industrias y del Estado nacional –se sostuvo en la fantasía de que un dólar era igual al peso, por lo que supuestamente los argentinos estaban protegidos de la pérdida del valor del dinero. Así, durante el menemato, creyeron en espejitos de colores, al ritmo del riesgo país; creyeron en la estafa de la Convertibilidad cavallista y se sumergieron en el más formidable proceso de desnaturalización ideológica del país. El estado Hood-Robin, tal como señaló el periodista Horacio Verbitsky, fue la moneda corriente: quitarle a los pobres para darle a los ricos. Admitieron, como señaló Silvia Bleichmar en su libro Dolor país, vivir en The Matrix, donde el país virtual del deme dos, del ahorro en dólares, del dólar barato o dólar fuga, de la destrucción del proceso industrial, la liquidación del Estado como compensador social y el espanto de una desocupación, se sostenía sobre la desdicha de millones de argentinos, que revolvían la basura para comer. The Matrix devino en la disolución violenta expresada en el gran estallido social y político de diciembre de 2001, cuando el gobierno no fue derrocado por un golpe de Estado, ni el presidente debió anticipar la entrega del poder, pero tuvo destino de renuncia con fuga en helicóptero.
En esas jornadas aciagas, habíamos visto a miles de argentinos poblar las calles de noche como ejércitos de la crisis lanzados sobre la basura: mujeres, niños, hombres rascando el fondo de la condición humana. Vimos cómo el hambre arrasaba a niños en este granero del mundo; vimos partir hacia otras tierras prometidas a nuestros jóvenes; peregrinar por una jubilación escasa y tardía a nuestros abuelos. Vimos a miles golpear sus cacerolas frente a los bancos que confiscaron sus ahorros; a miles manifestarse en las rutas más inesperadas con su demanda de trabajo. Vimos huir a presidentes; a los dirigentes escondiéndose de la ira social. Vimos el Congreso incendiado y a los responsables de la crisis enfurecidos por los escraches contra la marca indeleble de su corrupción. A nuestros jueces administrar impunidad. A nuestra clase dirigente enajenar el patrimonio nacional. Conocimos los índices de indigencia y pobreza con el terror de quien ha perdido la posibilidad de futuro. Un futuro amasado en el presente pero también en el pasado: habíamos visto ya una matanza, la desindustrialización, la plata dulce y una guerra infame en el Atlántico Sur. Fueron 27 años de un modelo depredador al que llamaron neoliberal, que comenzó en dictadura pero se perpetuó en democracia. El paroxismo llegó con el sueño despilfarrador de “ahora somos Primer Mundo”, ilusión que vendieron Menem y Cavallo, que creyeron millones de argentinos y que usufructuaron apenas unos cientos, los mandamases de la política y los dueños del poder económico local y extranjero. Los argentinos fueron devaluados y declarados morosos, en el default más grande del capitalismo contemporáneo.
El gobierno transicional de Eduardo Duhalde, desde enero de 2002, repartió planes sociales, devaluó, impulsó leyes para proteger a las corporaciones y con Roberto Lavagna retomó cierto control del Estado y la política monetaria, además de organizar una transición módica. Entre Carlos Reutemann y José Manuel de la Sota, eligió a Néstor Kirchner con el dedo sucesorio del peronismo. Entonces, para sacar a la Argentina del borde del precipicio, un hasta entonces casi desconocido dirigente patagónico tenía que ir a contrapelo del mandato de aquella ciudadela política y social de 1976 que persistió también en democracia. Era una necesidad imperiosa, como sólo pueden serlo los mandatos de sobrevivencia. ¿Pero era posible? Y la historia, concebida como el devenir donde se entrelazan causas y efectos; la necesidad, la posibilidad y el azar, fue el magma del que emergió Néstor Kirchner. Su llegada al gobierno el 25 de mayo de 2003 pareció unir –como el continuo de un río subterráneo– las puntas del hilo del desarrollo económico, social y político de la Argentina, cortado por el Estado terrorista. En esa necesidad, ese hombre reflotó las tareas inconclusas de la generación del ’70, a la que pertenecía por edad, pasión y razón política. En la Argentina de 2003, era imposible tener un horizonte de previsibilidad sobre quién la gobernaría. O, para ser más precisos, sobre quién y cómo tendría el poder y no sólo el ejercicio del gobierno. El sistema político de partidos –bipartidismo– basado en la representación de sectores sociales estaba en una crisis terminal. Y si bien Kirchner llegó al gobierno por azar –fue el elegido por descarte dentro del peronismo y por deserción del menemismo– también llegó por necesidad, entendida como aquello que debe ser y no puede ser de otra manera para que se cumpliera el imperativo de recatar a la Argentina de una crisis terminal. Era una necesidad que fundaba la posibilidad de su gobierno. Lo cierto es que ese peronista desgarbado –casi un desconocido con apenas el 9% de intención de voto– que venía del frío de Santa Cruz; que veía la realidad en virola como su ojo izquierdo –y tal vez por eso veía lo que otros no veían– llegó a la Casa Rosada, con apenas el 22% de los votos.
Nadie lo sabía todavía; quizá Néstor Kirchner tampoco, pero comenzaba a cumplir su destino de ser como un aleteo de mariposa en el horizonte previsible del poder conservador. Un aleteo que desestructurará el statu quo para que nada vuelva a ser como antes. Juró a las 14:54 del 25 de mayo de 2003, posando su mano sobre la Constitución Nacional, estremecido, erigiéndose como el presidente electo con la menor cantidad de votos de toda la historia del país, aunque sosteniéndose en la mirada penetrante de su mujer desde la banca, evidencia de una fusión nacida muchos años antes, ya con amplio recorrido, y que desde entonces comenzará a ser objeto de toda clase de teorías, interpretaciones y especulaciones. No sólo pocos votos: también un armado político en el que había recibido apoyos de sectores que, en la estructura del justicialismo, arrastraban una tradición por él mismo rechazada, como el duhaldismo, del que también lo separaba el diagnóstico sobre la situación crítica del país y las ideas para intentar ponerlo de pie. Gran cantidad de periodistas había esperado desde la mañana temprano el 25 de mayo en inmediaciones del departamento de la calle Juncal, entre Uruguay y Paraná. Con el tiempo irá sabiéndose cuánto trabajó Cristina en la elaboración del anuncio del programa de gobierno y también cuánto debió trajinar para que Kirchner aceptara vestirse con algo del rigor del protocolo acorde a las horas que se aprestaban a vivir. A las 14:15, con su hija Florencia, se encontraron con alrededor de 200 personas que esperaban para saludarlos. En el Salón Azul del Congreso Nacional aguardaban, entre otros, los presidentes Luiz Lula da Silva, Fidel Castro y Hugo Chávez, también un anticipo de la dirección que iba a adoptar el gobierno en el campo de las relaciones internacionales. Diez años después de ese día Cristina relatará que sólo a través de una filmación de aquellos momentos de ingreso al Congreso pudo comprender la preocupación y la angustia que dominaban a Néstor, apoyándose permanentemente en la presencia de Florencia, buscando sus ojos y su abrazo, para el trayecto interminable por los salones legislativos hasta llegar al momento de prestar juramento y recibir los atributos del mando.
Kirchner juró sobre la Constitución Nacional, al borde de las lágrimas, mientras Cristina lo sostenía desde su banca de senadora para un discurso que marcó las líneas de acción que pensaba poner en marcha desde el día siguiente.
“Es preciso promover políticas activas que permitan el desarrollo y el crecimiento económico del país, la generación de nuevos puestos de trabajo y una mejor y más justa distribución del ingreso. Como se comprenderá, el Estado cobra en eso un papel principal; es que la presencia o la ausencia del Estado constituye toda una actitud política”, dijo Kirchner, palabras que reflejaban su acción como gobernador, que habían sido transportadas a la promesa de campaña y que ese día comenzaban a definir un proyecto de país con componentes políticos, económicos, sociales y culturales.
También afrontó una de las encrucijadas del período, cuando recordó que la política había quedado reducida a la mera intención de buscar resultados en las urnas y el gobierno. Continuó: “A la mera administración de las decisiones de los núcleos de poder económico con amplio eco mediático, al punto que algunas fuerzas políticas en 1999 se plantearon el cambio en términos de una gestión más prolija pero siempre en sintonía con aquellos mismos intereses.”
Porque él sabía que esa combinación redundaba en un resultado visible, un Estado inerte y una dirigencia mayormente desinteresada en tomar el timón. Esto explicaba la facilidad con que los sectores de poder local e internacional que José Claudio Escribano representó desde el diario La Nación podían pronosticar un gobierno que a lo sumo durara un año –si no aceptaba pactar con los EE UU y no respetar las leyes de impunidad–, para disponer nuevamente a placer de las instituciones y de todos los resortes de decisión. Con un objetivo: volver a saquear las riquezas del país y de su gente. Se trataba, afirmó Kirchner, del “incremento del desprestigio de la política” que derivaba en “el derrumbe del país”.
Las palabras de aquel día ratificarán ideas que serán bandera permanente, como el objetivo de alcanzar un capitalismo nacional que permita reinstalar la movilidad social ascendente, objetivo que había sido alejado de todos los períodos de gobierno desde la recuperación de la democracia, en 1983. Más tarde, ya en Casa de Gobierno, luego de que Duhalde le colocara la banda presidencial y que Kirchner firmara las actas no con una lapicera de oro, tan usual en los dirigentes políticos de los años noventa, sino con una birome escolar, de plástico, la famosa Bic, tan nacional y popular como el argentino que la inventó, salió a la Plaza de Mayo para sumergirse en la multitud que lo esperaba, a pesar de la desesperación de la seguridad que no podía aún entender la que será la primera muestra de su relación con el protocolo.
“Hace 30 años estaba ahí, del otro lado de las vallas. ¿Por qué no iba a hacerlo ahora, si soy uno de ellos?” La frase de Kirchner parecía ser circunstancial, un comentario al paso, sin mayor elucubración ni profundidad, para explicar por qué lo había hecho. Pero acababa de visitar la enfermería, casi el primer lugar en el que debió detenerse en la Casa Rosada, de estreno como presidente, después de recibir el choque en la frente de la cámara del fotógrafo Martín Acosta, del diario Clarín, por haberse zambullido en la multitud. Luego, debió responder el saludo popular desde el balcón de la Casa Rosada, el mirador privilegiado de todas las historias del país, en compañía de Cristina y su hija Florencia, junto a Aníbal Fernández y Alberto Fernández, Oscar Parrilli y algunos gobernadores.
El clima festivo, sostenido por una parte todavía relativamente pequeña de la población que conocía al nuevo presidente, apenas dejó por un rato en segundo plano las evidencias de la crisis política, económica y social que había que enfrentar: el coeficiente GINI, que refiere a la población con empleo según la escala de ingresos de la ocupación principal, alcanzaba un número dramático, 0,475 (da 0 si todas las unidades reciben el mismo ingreso y aumenta con la desigualdad en la distribución). Al cabo de casi 12 años, con un proceso sostenido de aumento de ingresos de los sectores más desfavorecidos, el índice llegaría a 0,364. A la vez, la deuda externa representaba el 128,7% del PIB (un 44,4% en 1997), y el 1166,1% de las reservas internacionales. Específicamente la deuda pública nacional trepaba al 106,1% del PIB. Las reservas eran apenas de 11.052 millones de dólares el 25 de mayo de 2003. La desocupación constituía la evidencia exasperante de la crisis: al menos 2,6 millones de personas sin empleo, y una porción similar debatiéndose en el subempleo, es decir, en conjunto, más de un tercio de la población económicamente activa. Frente a ese panorama, comenzaba para Kirchner la tarea de construir las verdades propias y el desafío de mantenerlas en el tiempo.
“Me sumé a las luchas políticas creyendo en valores y convicciones a los que no pienso dejar en la puerta de entrada de la Casa Rosada”, dijo. Y este fue, en verdad, el auténtico juramento ese 25 de mayo de 2003, cuando ese desconocido que llegaba del frío patagónico se propuso rescatar a la Argentina de los escombros de la mayor crisis de su historia.
Kirchner cumplía así el teorema de Edward Lorenz o efecto mariposa: modificar con un aleteo la previsibilidad del perfecto sistema de dominación al que se habían sometido todos los líderes por décadas: respetar, a veces con resistencias, casi siempre con complicidad, el statu quo. Es decir, servir a los intereses conservadores, ideología de los dueños de la tierra, las empresas, los medios, las finanzas, el comercio y las corporaciones internacionales. Pero el Kirchner inesperado por el establishment esbozará sus primeras respuestas con una épica increíble para muchos: “Venimos del Sur, sabemos dónde queremos ir; dónde no queremos volver”, prometió.
Entonces, para reconstruir la Argentina, primero él, y luego Cristina Fernández de Kirchner a partir de 2007, debían caminar en sentido inverso a lo exigido por el poder conservador, desmontando el modelo neoliberal. Debían consolidar el Nunca Más pero exigir el Nunca Menos. Debían disolver The Matrix, el país virtual alimentado sobre la ilusión del dólar, de Argentina-Primer Mundo mientras en el país real millones eran expulsados a la marginalidad. Debían ser como Neo y Trinity: avanzar sobre los restos resistentes del Estado terrorista y del menemato; reconstruir el país industrial, reconstruir la política en su poder territorial y moderno de representación social, reparando y generando viejos y nuevos derechos; limitar el poder de las corporaciones de todo tipo y avanzar sobre el poder virtual de las corporaciones mediáticas que representan como estado mayor político a la misma virtualidad de la especulación financiera: al dólar como fetiche de acumulación de valor, en contra del trabajo como productor de valor, le corresponde no la realidad de la gestión sino una realidad virtual contada en la tapa de un diario o reproducida hasta el cansancio como verosímil en las cadenas de radio y televisión. Allí, como en The Matrix, los ciudadanos dejan de ser sujetos reales para ser blancos del marketing: son dibujos animados. Y los partidos políticos de la modernidad, apenas candidatos hablados y contados por ese poder mediático.
Así, las medidas que se tomaron en diez años de kirchnerismo hablan más de Néstor y Cristina Fernández de Kirchner que todos los discursos y todos los registros virtuales. Nunca menos Estado, Memoria, Verdad y Justicia: hubo juicios célebres que levantaron la más formidable ciudadela de defensa de los Derechos Humanos reconocida en el mundo; más distribución del ingreso, desocupación al mismo nivel de 1975, y más derechos sociales, políticos e individuales. El Nunca Menos incluía así como piso histórico al Nunca Más. En ese camino hubo decisiones, traiciones, agachadas y deserciones. Hubo amor a lo público y también ciertas corruptelas que salvo excepciones aparecieron más como carne para una oposición política dispersa y menguada y la ofensiva mediática: hubo once funcionarios nacionales procesados en una década, que salieron del gobierno apenas se confirmó el procesamiento o aún antes fueron echados por decreto, ya que no se esperó siquiera la sentencia, y de los cuales sólo uno fue condenado  por sustracción y ocultamiento de documento público. Así, las denuncias de corrupción que intoxicaron a la sociedad a través de los medios no podían probar que fuera un estilo de gestión de lo público. Porque la contundencia de los derechos y realizaciones conquistadas son abrumadoras. Sería largo enumerarlas: desde la Asignación Universal por Hijo, la nacionalización de YPF, la estatización de las jubilaciones, la promoción de la ciencia y la técnica con repatriación de un millar de científicos, la distribución de millones de computadoras para los niños y jóvenes, el restablecimiento de convenios colectivos de trabajo, el matrimonio igualitario, la reforma de la justicia, tan resistida entre esos estamentos, entre otras. Algo más, algo importante: se impulsó la masiva participación de los jóvenes en la política como la caldera de dirigentes que garantizan el futuro. Y se rompieron los lazos que sometían al país al FMI así como se fortaleció la unidad latinoamericana con el Mercosur y la Unasur, es decir, la pertenencia a este continente siempre saqueado pero siempre dispuesto a la lucha independentista. Y se sancionó la Ley de Medios de la Democracia y el fortalecimiento de la comunicación pública en la que información se entiende como un derecho humano básico y no como una mercancía apropiada privadamente por el mejor postor. Se comprendió así, cabalmente, la batalla cultural como decisiva frente a la construcción de la opinión pública por parte de los grandes medios de comunicación monopólicos, arietes de las corporaciones de distinto cuño, para someter la política. Hubo una resistencia corporativa sin cuartel, una guerra simbólica sorda y persistente. La muerte de Kirchner en octubre de 2010 no detuvo ese proceso. El dolor popular, sintetizado en un agradecimiento extenso a lo conquistado durante esos años, blindó el curso del gobierno de Cristina: el Nunca Más al olvido, a la impunidad y a la injusticia devino en el Nunca Menos de su gobierno, en todas las áreas. Cristina ganó las elecciones presidenciales de 2011 con el 55,15% de los votos. Fue la líder más votada en una reelección en la historia, luego de Perón e Yrigoyen.
Néstor y Cristina Kirchner hicieron del Nunca Menos de la política y la defensa de la democracia la razón suprema para el ejercicio del poder; para batallar contra los intentos destituyentes y de restauración conservadora, a veces sin éxito; para lograr que la ley fuera igual para todos; para que las corporaciones debieran respetar y cumplir los derechos viejos y nuevos. Esa fue y es la esencia del kirchnerismo. Las razones materiales por las que, entonces, ese movimiento rescató a la Argentina del abismo son numerables. Las otras, las simbólicas, las culturales, las del amor propio del país recuperado, la idea de que la “Patria es el otro” como lema moral se montan sobre esta materialidad que se describe como el verdadero programa político, económico, social, cultural y ético que define el relato kirchnerista como central en este siglo. Las razones y pasiones de esta historia, sus pliegues, sus contradicciones, y la permanencia de Néstor Kirchner en el corazón y la conciencia de los argentinos son como el aleteo de una mariposa, aquello que no se espera pero ocurre. Que no se espera pero define, cuando ocurre, el curso de la historia por venir. «

http://tiempo.infonews.com/nota/153343/nestor-kirchner-o-el-aleteo-de-una-mariposa

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