¿Qué conocían los sacerdotes persas, que el pueblo judío, incluido Herodes, ignoraba?


«Y prometió a nuestro primer padre que, conforme a su plegaria, escribiría y sellaría con su propio dedo un pergamino en letras de oro, que llevaría la siguiente portada: En el año seis mil, el día sexto de la semana, el mismo en que te creé, y a la hora sexta, enviaré a mi hijo único.»

Ev. Armenio de la Infancia 11,23

Por algún motivo quisieron terminar con Armenia.Por algún motivo no pudieron…

Evangelio armenio de la infancia Para  que   la Iglesia no nos separe de las enseñanzas de Cristo.


Fuente . El blog de José Antonio

ANTARES, LA ESTRELLA DE BELÉN Y EL NACIMIENTO DE JESÚS DE NAZARET  (1)

Qué conocían los sacerdotes persas, que el pueblo judío, incluido Herodes, ignoraba?

¿Cuál fue el motivo que les impulsó a realizar un viaje que duró varios meses, soportando penosas incomodidades a través de desiertos y montañas?
¿Qué vieron aquellos magos en el año 7 a.c., para tomar la decisión de recorrer tan largo y arduo camino, desde Persia, hasta Jerusalén?
La respuesta es la siguiente:
Aquellos astrólogos persas vieron en el firmamento algo muy especial. Algo excepcional.
Pero, ellos no contemplaron un fenómeno astronómico espectacular, como un cometa, o una supernova, tal y como se ha venido especulando desde hace dos mil años.

Aquellos magos eran astrólogos, y lo que ellos vieron, fue un fenómeno astrológico extraordinario, como consecuencia de una situación, o configuración astronómica irrepetible, en la que seis de los siete planetas conocidos en la antigüedad (Luna, Sol, Mercurio, Venus, Marte, y Júpiter) iban a situarse simultáneamente, en el firmamento, en sus domicilios astrológicos, en un preciso momento de aquel año 7 a.c.

Debo aclarar que la Luna y el Sol eran considerados planetas a efectos astrológicos.
El séptimo planeta, Saturno, se encontraba en conjunción con Júpiter, siendo estos dos grandes planetas, según dice la tradición astrológica, los que marcan con sus conjunciones el inicio, y el final de los grandes ciclos de tiempo.
Podemos decir que la astronomía se puede considerar como el estudio, y conocimiento matemático, de la posición de los astros en cada momento, y la astrología interpreta la influencia de esas posiciones en los asuntos humanos.
Según el antiguo legado astrológico, todos los planetas lanzan sus mejores influencias a la Tierra cuando están situados o, mejor dicho, transitan por sus domicilios astrológicos.
Los domicilios astrológicos de los planetas son los siguientes:
-Saturno cuando transita las constelaciones de Capricornio y Acuario.
-Júpiter cuando transita las constelaciones de Sagitario y Piscis.
-Marte cuando transita las constelaciones de Aries y Escorpio.
-Sol cuando transita la constelación de Leo.
-Venus cuando transita las constelaciones de Tauro y Libra.
-Mercurio cuando transita las constelaciones de Géminis y Virgo.
-Luna cuando transita la constelación de Cáncer.
Astrológicamente, cada constelación se divide en treinta particiones o grados.
En el momento del nacimiento de Jesús, los planetas estaban situados en los siguientes grados y constelaciones:
Luna, grado 5º de la constelación de Cáncer.
Mercurio, grado 10º de la constelación de Virgo.
Venus, grado 14º de la constelación de Libra.
Sol, grado 28º de la constelación de Leo.
Marte, grado 6º de la constelación de Escorpio.
Júpiter, grado 25º de la constelación de Piscis.
Saturno, grado 23º de la constelación de Piscis.
Uno de los conocimientos de la astrología, legado también por la tradición antigua, dice que cuantos más planetas en sus domicilios astrológicos tenga una persona en el momento de su nacimiento, más cerca estará de la perfección.
Los sacerdotes-astrólogos persas tenían la firme convicción, de que cada ser humano nacía en un momento astrológico único y particular, distinto al de las demás personas.
De ahí, concluían que cada hombre o mujer tenía su propia estrella de nacimiento que condicionaba su destino -siempre hemos oído que tal o cual persona ha nacido con buena o mala estrella-  y, cuando en el firmamento se producía una configuración astronómica-astrológica especial, sabían que quién nacía en la Tierra en ese momento, tenía, también, un destino especial, cumpliéndose con ello el famoso axioma hermético “Como es arriba, es abajo.”
Y eso fue, precisamente, lo que estos magos conocían, y lo que el pueblo judío y Herodes ignoraban.
Aquellos «magus» sabían que en un día determinado del verano de aquel año 7 a.c. iba a producirse una configuración astronómica especial, única, e irrepetible, y quién naciera en ese preciso momento se iba a convertir en un ser especial, único, e irrepetible.
Sin embargo, en distintas partes del mundo pueden nacer varios niños en el mismo momento.
¿Cómo sabían los magos que debían dirigirse a Jerusalén?
Los magos eran astrólogos, y «la estrella de Belén», solamente, puede ser descubierta y comprendida desde la astrología.
La doctrina astrológica enseña que cada punto o lugar de la Tierra tiene una latitud y una longitud diferente a cualquier otro punto del planeta y, debido al constante movimiento de rotación de la Tierra, a cada momento se produce un cambio en la línea del horizonte terrestre respecto al espacio exterior. El punto, o lugar exacto, donde la prolongación del horizonte terrestre intersecciona con la Eclíptica en el punto cardinal Este, es conocido en astrología como punto o grado ascendente, al que los antiguos astrólogos llamaban «Horóscopos», de cuyo nombre ha derivado, erróneamente, lo que hoy se conoce como la lectura del signo solar zodiacal, o lectura del horóscopo.

Aquellos magos eran astrólogos, y lo que ellos vieron, fue un fenómeno astrológico extraordinario, como consecuencia de una situación, o configuración astronómica irrepetible, en la que seis de los siete planetas conocidos en la antigüedad (Luna, Sol, Mercurio, Venus, Marte, y Júpiter) iban a situarse simultáneamente, en el firmamento, en sus domicilios astrológicos, en un preciso momento de aquel año 7 a.c.

Debo aclarar que la Luna y el Sol eran considerados planetas a efectos astrológicos.
El séptimo planeta, Saturno, se encontraba en conjunción con Júpiter, siendo estos dos grandes planetas, según dice la tradición astrológica, los que marcan con sus conjunciones el inicio, y el final de los grandes ciclos de tiempo.
Podemos decir que la astronomía se puede considerar como el estudio, y conocimiento matemático, de la posición de los astros en cada momento, y la astrología interpreta la influencia de esas posiciones en los asuntos humanos.
Según el antiguo legado astrológico, todos los planetas lanzan sus mejores influencias a la Tierra cuando están situados o, mejor dicho, transitan por sus domicilios astrológicos.
Los domicilios astrológicos de los planetas son los siguientes:
-Saturno cuando transita las constelaciones de Capricornio y Acuario.
-Júpiter cuando transita las constelaciones de Sagitario y Piscis.
-Marte cuando transita las constelaciones de Aries y Escorpio.
-Sol cuando transita la constelación de Leo.
-Venus cuando transita las constelaciones de Tauro y Libra.
-Mercurio cuando transita las constelaciones de Géminis y Virgo.
-Luna cuando transita la constelación de Cáncer.
Astrológicamente, cada constelación se divide en treinta particiones o grados.
En el momento del nacimiento de Jesús, los planetas estaban situados en los siguientes grados y constelaciones:
Luna, grado 5º de la constelación de Cáncer.
Mercurio, grado 10º de la constelación de Virgo.
Venus, grado 14º de la constelación de Libra.
Sol, grado 28º de la constelación de Leo.
Marte, grado 6º de la constelación de Escorpio.
Júpiter, grado 25º de la constelación de Piscis.
Saturno, grado 23º de la constelación de Piscis.
Uno de los conocimientos de la astrología, legado también por la tradición antigua, dice que cuantos más planetas en sus domicilios astrológicos tenga una persona en el momento de su nacimiento, más cerca estará de la perfección.
Los sacerdotes-astrólogos persas tenían la firme convicción, de que cada ser humano nacía en un momento astrológico único y particular, distinto al de las demás personas.
De ahí, concluían que cada hombre o mujer tenía su propia estrella de nacimiento que condicionaba su destino -siempre hemos oído que tal o cual persona ha nacido con buena o mala estrella-  y, cuando en el firmamento se producía una configuración astronómica-astrológica especial, sabían que quién nacía en la Tierra en ese momento, tenía, también, un destino especial, cumpliéndose con ello el famoso axioma hermético “Como es arriba, es abajo.”
Y eso fue, precisamente, lo que estos magos conocían, y lo que el pueblo judío y Herodes ignoraban.
Aquellos «magus» sabían que en un día determinado del verano de aquel año 7 a.c. iba a producirse una configuración astronómica especial, única, e irrepetible, y quién naciera en ese preciso momento se iba a convertir en un ser especial, único, e irrepetible.
Sin embargo, en distintas partes del mundo pueden nacer varios niños en el mismo momento.
¿Cómo sabían los magos que debían dirigirse a Jerusalén?
Los magos eran astrólogos, y «la estrella de Belén», solamente, puede ser descubierta y comprendida desde la astrología.
La doctrina astrológica enseña que cada punto o lugar de la Tierra tiene una latitud y una longitud diferente a cualquier otro punto del planeta y, debido al constante movimiento de rotación de la Tierra, a cada momento se produce un cambio en la línea del horizonte terrestre respecto al espacio exterior. El punto, o lugar exacto, donde la prolongación del horizonte terrestre intersecciona con la Eclíptica en el punto cardinal Este, es conocido en astrología como punto o grado ascendente, al que los antiguos astrólogos llamaban «Horóscopos», de cuyo nombre ha derivado, erróneamente, lo que hoy se conoce como la lectura del signo solar zodiacal, o lectura del horóscopo.

Visto desde la Tierra, es decir, desde un punto de vista geocéntrico, la eclíptica es la línea recorrida por el Sol a lo largo de un año, alrededor de la Tierra y a través de las 12 constelaciones. El grado del ascendente era en la antigüedad, y sigue siendo hoy en día, el punto  más trascendental, importante y fundamental para tratar y predecir astrológicamente cualquier asunto. Este punto recibe a cada fracción de segundo una incidencia angular distinta de los diferentes planetas y estrellas fijas que nos rodean. Esa influencia planetaria y estelar nos llega a la Tierra a través de la luz y ésta, a su vez, la transmite al aire que nos envuelve y, en el preciso instante que se produce la primera respiración de un recién nacido, ese aire único deja marcado en el nuevo ser, la naturaleza y la luz del momento astrológico con sus buenas o malas influencias, dependiendo de la situación zodiacal y angular en la que se encuentren los planetas y las estrellas. Y ese momento preciso era para los antiguos astrólogos el que marcaba si una persona nacía con una buena, o una mala estrella.

A esto habría que añadir, también, la influencia o, aspectación angular de estrellas y planetas a otro punto astrológico, considerado igualmente como determinante en el destino de una persona, conocido como el punto del medio cielo, el cual, al igual que el punto ascendente, va cambiando de situación a cada momento. El grado del medio cielo es el lugar en el que la eclíptica alcanza el punto más alto.
En cuanto a la duración de un momento astrológico, Claudio Ptolomeo (siglo II), conocido como el príncipe de los astrólogos, nos da la siguiente explicación:
«En cada hora ascienden 24.000 roboat, y cada uno de éstos contiene 10.000 momentos, y cada momento tiene su propio color, sabor y naturaleza, y ello es de tal modo complicado, que el mismo sentido humano es incapaz de apreciarlo, sino que solamente puede apreciarlo Dios»
Esos «magus» conocían, por un documento procedente de sus antepasados y amparados por sus elevados conocimientos astrológicos, el lugar dónde iba a incidir esa especial influencia planetaria, consecuencia de la excepcional configuración astrológica de un momento determinado, y el grado del ascendente de ese preciso momento, apuntaba a Judea, concretamente, a la zona de Jerusalén.
Para quienes no estén familiarizados con la disciplina astrológica, uno de estos evangelios de la infancia, concretamente el evangelio armenio, nos lo aclara más sencillamente.
Dice ese escrito, que estos sacerdotes persas guardaban una carta antiquísima que había llegado a su poder transmitida de generación en generación desde los tiempos del rey Ciro, en la cual estaba marcado el extraordinario momento -la estrella personal- del nacimiento de una gran rey en la tierra de Judea. Por eso, cuando los magos llegaron a Jerusalén preguntaron directamente por el lugar donde, según las escrituras hebreas, estaba profetizado el nacimiento del rey de los judíos.
«Y Abraham la dio a Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Alto, por cuya vía nuestro pueblo la recibió, en tiempo de Ciro, monarca de Persia, y nuestros padres la depositaron con grande honra en un salón especial. Finalmente, la carta llegó hasta nosotros. Y nosotros, poseedores de ese testimonio escrito, conocimos de antemano al nuevo monarca, hijo del rey de Israel.»
Ev. Armenio de la Infancia 11,11
Continua en parte 2ª
© del texto: José Antonio Cardona
Bibliografía: “Jesús de Nazaret, a través de todos los evangelios” ISBN 978-84-614-0296-0
Derechos Reservados  © 2010

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