Las cuatro banderas inglesas son los trofeos de la reconquista de Buenos Aires


SECRETA BUENOS AIRES

Las banderas inglesas, dos siglos en el mismo lugar

Ya tienen más de dos siglos y siempre en ese lugar: la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, en Defensa y avenida Belgrano. En el marco de madera que las contiene, las cuatro llevan una leyenda similar: “Trofeo de la Reconquista de Buenos Aires en 1806”. Una “ondeó en el asta del Retiro”. Otras dos eran del primer y segundo batallón del Regimiento 71 Highlanders. Y la última perteneció a la Infantería de la Guardia de Mar. Las cuatro banderas inglesas son el mayor símbolo de un enfrentamiento que no sólo expulsó a un invasor sino que, según creen algunos historiadores, también sirvió para que en estas tierras se empezara a pensar en soltar amarras del imperio español para gestar un país libre y soberano.

La entrega de las banderas la realizó el propio Santiago de Liniers, una figura de la Reconquista, el 24 de agosto de 1806, apenas doce días después de la rendición de los invasores. El hecho fue saludado con triple salva de artillería. Aquello tenía una razón. En el lapso en que Buenos Aires estuvo en manos de los ingleses, hubo un hecho importante: el 1° de julio de 1806 se prohibió la ceremonia del culto al Santísimo Sacramento. Por eso Liniers prometió que si recuperaba la ciudad, ofrendaría a esa Virgen las banderas que le capturara al enemigo.
 
Pero tanto la iglesia como el Convento de Santo Domingo, que está en ese lugar, no sólo se asocian a ese hecho histórico, sino que también tienen su protagonismo en julio de 1807, cuando los ingleses vuelven a intentar adueñarse de Buenos Aires. El área de los mayores combates de resistencia fue justamente esa zona que hoy se encuadra entre las calles Balcarce, Venezuela, Perú y avenida Belgrano. Las banderas también estuvieron en el centro de la escena.
 Bandera inglesa capturada durante lso combates
El convento había sido tomado por tropas que comandaba el general Craufurd y donde participaba el teniente coronel Dennis Pack, un veterano de la primera invasión y miembro del regimiento 71. Tras la derrota de 1806, Pack había jurado no volver a empuñar armas contra las fuerzas de Buenos Aires. Rompiendo su promesa, había vuelto para recuperar las banderas. Otra vez fracasó. El combate en la iglesia fue durísimo: los defensores de la ciudad disparaban desde Defensa y Moreno, donde estaba la casa de Francisco de Telechea. Las marcas de los cañonazos (fueron rellenadas con bolas de madera, simulando la munición real) todavía se ven en la torre izquierda de la iglesia, la única que había entonces. Tras la rendición de los invasores, las banderas quedaron en su lugar. Y el regimiento 71 Highlanders sigue desfilando sin su símbolo.
 
En el recupero de la iglesia y del convento fue clave la actuación de un grupo conocido como “el tercio de Gallegos”, un regimiento de voluntarios que supo comandar Pedro Antonio Cerviño. La séptima compañía de ese grupo, al mando de Bernardo Pompillo, fue la que logró la rendición de Craufurd. Desde 1893, una calle en Boedo lleva el nombre de Tercio de Gallegos en homenaje a esos héroes que pelearon por Buenos Aires.
 
La Basílica se empezó a construir en junio de 1751 y en 1942 fue declarada Monumento Histórico Nacional. Diseñada por el arquitecto italiano Antonio Masella, en su torre izquierda luce una veleta con la imagen de un gallo. En la otra, agregada años después, la veleta muestra la figura de un perro. Esto es porque pertenece a la orden de los Dominicos. Y surge de la denominación Dominis canis, algo que en una traducción simple puede definirse como “los perros guardianes del Señor”.
 
Por supuesto que ese lugar y esos hechos no son la única referencia que la Ciudad tiene en relación con aquellas invasiones y la reconquista y defensa que hicieron los habitantes locales. Entre muchas otras puede mencionarse la que alude al recorrido que hicieron los ingleses para llegar a Buenos Aires después de desembarcar en Quilmes (en 1806) y en Ensenada (en 1807). Uno de los cruces que usaron para vadear el Riachuelo fue el llamado “Paso de Burgos”, en el barrio de Pompeya. Pero esa es otra historia.

A 206 AÑOS DE LAS INVASIONES INGLESAS

El lugar donde yacen 3.000 John Doe

¿Qué paso con los tres mil soldados que fallecieron en la segunda invasión que intentaron los ingleses en Buenos Aires? Alberto Moroy descubrió que lo que casi seguramente ocurrió con ellos y en qué lugar están enterrados desde hace casi exactamente 206 años, pues ese fue el tiempo transcurrido desde que el Gral. Whitelocke dio finalmente por perdida la expedición. Se decidió un poco tarde, pues uno de sus subalternos se había atrincherado en la Iglesia de Santo Domingo y rechazó por su cuenta la oferta de capitular.

Quizás Whitelocke hubiera aceptado a tiempo y 3.000 vidas se hubieran salvado… junto con las de muchos vecinos porteños, pues fueron ellos más que el ejército de Liniers, quienes rechazaron a los ingleses, esquina tras esquina y con lo que tuvieran a la mano. Fue una defensa civil realmente heroica, junto a un episodio bélico demencial y sangriento, como todos ellos.
¿Y porqué lo de “John  Doe”? Porque en inglés equivale a “NN”, persona desconocida, el nombre ficticio asignado a los cuerpos de las personas que mueren en las circunstancias más desgraciadas, sin que nadie pueda demostrarles su afecto.  Lo que sigue es el relato de Alberto Moroy, nuestro colaborador e investigador incansable, entregando esta vez a tiempo para un demorado recuerdo el lugar exacto donde yacen esos tres mil cuerpos.
En la portada dos acuarelas de la iglesia de Santo Domingo de 1817 y 1820  (Emeric Essex Vidal y Rafael Villar) Las mismas sirven de marco a esta historia perdida, habida cuenta que los hechos transcurridos en su entorno, nada dicen del destino de los 3 mil soldados británicos que quedaron enterrados una fosa de Buenos Aires.
En poco días mas (7 de Julio)  se conmemoraría los 206 años de la capitulación del general  Whitelocke en Buenos Aires (Invasiones inglesas) Si bien es mucho tiempo en los términos de vida de una persona, para la historia es “nada” Por eso nos preguntamos ¿Donde están  los tres mil soldados ingleses fallecidos en la segunda invasión inglesa a Buenos Aires?
No en un cementerio católico, tampoco en uno para disidentes, ya que los primeros que hubo, fueron creados algunas décadas después (1820 el de la calle Juncal y 1830 el de la calle Victoria)
¿Estarán  todavía en una fosa común, debajo del pasaje 5 de julio en el barrio de Montserrat (A cuatro cuadras de la casa Rosada)?
Los hechos
La segunda invasión inglesa llegaría el 28 de junio de 1807, cuando una fortísima tropa comandada por el inglés John Whitelocke desembarcó en Ensenada y logró sitiar la ciudad en la tarde del 4 de julio en la actual plaza Miserere, pese a la resistencia de grupos comandados por Liniers.
En la mañana del 5 de julio, la totalidad del ejército británico volvió a reunirse en Miserere (Actual Plaza Once) Confiado de la supremacía de su ejército, Whitelocke dio la orden de ingresar a la ciudad en 12 columnas, que se dirigirían separadamente hacia el fuerte y Retiro por distintas calles. Llevaban orden de no disparar sus armas hasta llegar a la Plaza de la Victoria.
El avance de las columnas se vio severamente entorpecido por las defensas montadas, el fuego permanente desde el interior de las casas y desinteligencias y malos entendidos entre los comandantes británicos. Whitelocke vio como sus hombres eran embestidos en cada esquina, mediante la lucha callejera de los vecinos de Buenos Aires. Whitelocke perdió más de la mitad de sus hombres entre bajas y prisioneros.
Cuando la mayoría de las columnas habían caído, Liniers exigió la rendición. Craufurd, atrincherado en la iglesia de Santo Domingo, rechazó la oferta y la lucha se extendió hasta pasadas las tres de la tarde. Whitelocke recibió las condiciones de la capitulación hacia las seis de la tarde, ese mismo día.
El 7 de julio, el general inglés comunicó la aceptación de la capitulación propuesta por Liniers y a la cual, por exigencia de Alzaga, se le había añadido un plazo de dos meses para abandonar Montevideo. Las tropas británicas se retiraron de Buenos Aires; abandonarían la banda oriental recién el 9 de septiembre.
Los NN británicos
Las iniciales “N.N.”  provienen de la expresión latina Nomen Nescio (literalmente “desconozco el nombre”). En español suele interpretarse como Ningún Nombre
El nombre de John Doe (Jane femenino)  se usaba  en Inglaterra para describir a hombres desconocidos, también en Canadá y Estados Unidos) Es la designación que se le da a un cuerpo sin vida que llega a un depósito de cadáveres y que aún no se encuentra identificado. Su uso original comienza en 1659 aunque hay quienes dicen que ya e se usaba en el reinado de Eduardo III, a mediados del siglo XIV.
Hermanos Betlehemitas asistiendo a los heridos / Ubicación 34°36’47.71″S 58°22’16.11″W
¿Donde enterraron a los 3 mil soldados ingleses?
De confirmar la cifra, la cantidad de muertos era importante.  Según lo expresa en Caras y Caretas Nº 2120  del  25/7/1939, el periodista Juan José de Soiza Reilly, que sin duda era impecable y riguroso con la información que manejaba,  el inconveniente vino cuando hubo que dar sepultura a los cadáveres que se calcula entre 2700 /3000. Las autoridades vaticanas no permitían que los “herejes” o disidentes fueran sepultados en los cementerios católicos.
Los generosos frailes franciscanos tuvieron misericordia de los caídos. Ofrecieron la huerta de su convento, y allí, en montones, fueron sepultados los tres mil ingleses… Pasaron los años. La huerta franciscana se convirtió en una calle. Los cadáveres quedaron abajo. Y ahí están todavía, en la misma calle Cinco de Julio (34°36’47.21″S
58°22’16.18″W) que lleva como nombre la fecha en que murieron los tres mil soldados de Whitelocke.
Observaciones
En Buenos Aires la mayoría de los cementerios “perdidos”, tienen encima una plaza, seguro como forma de preservar los restos de quienes no fueron exhumados. Tal vez a los mismos fines se halla creado este pasaje en 1823, habida cuenta que desde el  punto de vista territorial, las manzanas que rodean este convento (Hoy basílica de Santo Domingo)  tienen al menos 115 ms por lado y ningún pasaje las corta
¿Porque esta si? ¿Cómo es posible que en la actualidad nadie sepa de este posible destino o si están o no? ¿Los británicos olvidaron a sus soldados caídos?  No sucedió lo mismo con los restos del la corbeta de guerra “His Majesty’s Ship Swift” hundida en el Atlántico Sur en 1770 en la Ría Deseado, cuando un  equipo arqueológico también descubrió los restos óseos de un marino inglés, que luego fueron sepultados en el Cementerio Británico de Chacarita, en una tumba sin nombre.
 
Mediante un GEO radar (Radar de penetración) se podría saber si a una profundidad mayor que las necesarias para asentar la calle, las capas geológicas están revueltas.
De confirmarse mediante este método no intrusivo, estaríamos ante la presencia de un sitio histórico de envergadura, que al menos amerita una placa recordatoria a estos John Doe o NN ingleses.
Sobre Juan José de Soiza Reilly (*)
 
 
William Carr Beresford
Beresford se rinde ante Liniers en 1806
  • Las invasiones inglesas al Río de la Plata

Como ya hemos visto, en el contexto de las guerras napoleónicas la alianza que selló con Francia en 1795 le costó a España la pérdida de lo que le quedaba de su poder naval en Trafalgar y una subordinación creciente al poder del Emperador. En ese contexto que condujo a un permanente embate inglés contra las posesiones coloniales de Francia, un ataque británico a las colonias españolas en América era posible y quizás probable, a pesar de que el pensamiento estratégico del gobierno británico por el momento no favorecía tal operativo debido a que tendería a consolidar la alianza franco-española. Sin embargo, el azar, que en esta instancia se tradujo en la desobediencia de un marino inglés, intervino en esta historia de manera de materializar lo que aparentemente era una gran oportunidad para el Reino Unido: fortalecerse en un enclave estratégico en la América meridional.
En efecto, la decisión de lanzar una invasión al Río de la Plata fue una iniciativa personal del Comodoro Sir Home Popham. Popham era amigo del revolucionario venezolano Francisco Miranda, que años atrás había ofrecido al primer ministro británico William Pitt el Joven la hegemonía del mercado indiano a cambio de la independencia sudamericana. Varios proyectos para la independencia de las colonias españolas habían sido presentados al gobierno británico por Miranda, incluyendo una suerte de monarquía constitucional con un Inca como emperador. Sin embargo, la paz de Amiens de 1802 detuvo estos proyectos, que habían interesado al gobierno británico. Popham había apoyado estos planes, e incluso había presentado un proyecto en noviembre de 1803 que incluía la conquista de Buenos Aires.
No obstante, el gobierno inglés no concedió ayuda a Miranda. Cuando gracias a la victoria de Trafalgar la armada inglesa adquirió mayor libertad de maniobra, el ministro de guerra lord Castlereagh prefirió lanzarse a la conquista del Cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur del continente africano, que estaba débilmente defendido por los holandeses. Popham fue designado para encabezar la flota, y el mayor general sir David Baird fue nombrado comandante en jefe de las fuerzas expedicionarias británicas. Habiendo logrado la conquista de Ciudad del Cabo el 25 de julio de 1805, e inspirado por las ideas de Miranda, Popham renovó su proyecto y se dirigió hacia el Río de la Plata por su cuenta, aunque con la anuencia de su jefe, el general Baird. Popham obró a pesar de la orden de Pitt del 29 de julio de 1805, de suspender “toda operación hostil a España en Sud América”. Lo hizo sin saber que Pitt había muerto en enero de 1806, confiado del éxito, y creyendo que a pesar de su desobediencia, éste lo recompensaría por sus servicios, ya que después de la derrota de Austerlitz y el fracaso de Miranda en Venezuela, el gobierno británico necesitaba políticamente de un éxito como compensación. No se equivocó demasiado, ya que enfrentado al hecho consumado, el gabinete inglés apoyó la decisión de Popham, y entusiastas londinenses le obsequiaron un sable de honor. Por otra parte, el secretario de guerra lord Windham dio órdenes claras de que las fuerzas británicas no debían comprometerse con los esfuerzos de los revolucionarios sudamericanos, demostrando que había habido cierto giro en la política del Reino Unido después de la muerte de Pitt.
Parece muy perceptivo el comentario de M. A. Cárcano cuando afirma que para comprender las circunstancias que hicieron posible la iniciativa privada de Popham, se requiere no sólo recordar que este género de iniciativas ya tenía ilustres antecesores en la tradición inglesa, cual Nelson y Rooke (que tomaron Gibraltar y Tenerife desobedeciendo órdenes), sino que también hay que hacerse una idea de la proliferación, en las capitales europeas de entonces, de agentes provocadores y aventureros: “en un ambiente propicio para la intriga y la guerra, patriotas americanos, precursores iluminados, despiertan la audacia y la codicia de militares desocupados y ministros ambiciosos, que hallan en la debilidad del imperio español ancho campo para satisfacer sus intereses”. (1)
Por otra parte, Popham se lanzó a su aventura porque creyó que existía un conflicto de intereses en el Virreinato del Río de la Plata, entre el gobierno español, que se oponía al libre comercio, y los comerciantes que lo deseaban. Pero esto -que provenía de las ideas de Miranda y de la insuficiente información de inteligencia que poseía Popham- era solamente cierto respecto de las ciudades costeras. Además, la Iglesia se convertiría en un duro enemigo de los “herejes” británicos.
Las probabilidades de éxito de Popham eran aún menores porque, debido a las ambiciones militares del general Baird (su jefe en Ciudad del Cabo), se le ordenó que nombrara Vicegobernador de Buenos Aires al comandante de las fuerzas invasoras, General William Carr, vizconde de Beresford. Esta imposición, que no formaba parte de los planes iniciales de Popham, impidió la posibilidad de proclamar la independencia del invadido virreinato. De tal modo, los ingleses llegaron como conquistadores y no como libertadores, como lo hubiera deseado Popham y lo deseaban algunos porteños. Por cierto, el hecho de que la invasión fuera conquistadora defraudó las expectativas generadas por agentes británicos que habían visitado Buenos Aires en 1804, como James F. Burke y Thomas O’Gorman. Estos habían difundido las ideas de Pitt, especialmente en lo que se refiere a la independencia de las colonias americanas de España. Supuestamente, según éstos, para proteger la independencia el Reino Unido sólo pediría compensaciones comerciales y una política liberal. Por otra parte, algunos porteños, como Saturnino Rodríguez Peña, estaban en contacto directo con Miranda, y esto también los condujo a creer que el Reino Unido favorecería sus aspiraciones de independencia. Por consiguiente, hubo muchos decepcionados por el hecho de que al apoderarse de Buenos Aires los ingleses la declararan incorporada al Imperio Británico.
Por otra parte, para afianzar su conquista los británicos tampoco estaban dispuestos a poner en marcha una revolución social (por ejemplo, liberando esclavos), porque eran demasiado conservadores para una maniobra de ese tipo. Este conservadurismo también obró en contra de las posibilidades de éxito de los ingleses. Más aún, el peligro de que los ingleses desencadenaran una tal revolución no se le escapaba a los más perspicaces entre los porteños, a tal punto que el patriota Juan Martín de Pueyrredón hizo correr el rumor de que los ingleses se proponían soliviantar a las castas oprimidas, con el objeto de generar miedo en la población criolla y despertar aún más oposición contra los invasores. Como consecuencia de la suma de todos estos factores, la oposición local a los británicos fue prácticamente unánime.
Como es bien sabido en la Argentina, las fuerzas de Beresford, que eran esperadas en Montevideo, desembarcaron inesperadamente en Quilmes. Ante la emergencia, el virrey Sobremonte huyó con el tesoro a Córdoba, designándola capital del virreinato el 14 de julio de 1806. Rápidamente, el 27 de julio los invasores se apoderaron de la ciudad de Buenos Aires. Decretaron la libertad de comercio, ofrecieron garantías a los habitantes, les aseguraron el respeto a la propiedad y el derecho de ejercer la religión católica, y los eximieron de la obligación de combatir contra su país. También les ofrecieron la nacionalidad británica, y declararon que el Cabildo y los magistrados continuarían en el ejercicio de sus funciones. Por otra parte, exigieron el juramento de lealtad al rey Jorge III a las autoridades civiles y eclesiásticas, a los comerciantes y a los vecinos principales, lo que causó un revuelo de indignación entre la gente común, a la vez que los destinatarios de la medida la acataron, en su mayor parte, con total sumisión: Manuel Belgrano fue uno de los pocos “patriotas” que se negaron a la jura, emigrando a la Banda Oriental.
Tal como se sugirió anteriormente, la oposición de la Iglesia al “hereje” y la fe católica de la población fueron importantes factores en la gesta de la reconquista, en la que -más allá de la complicidad de algunos vecinos principales- estuvieron unidos españoles y criollos. La huida de Sobremonte y la rendición militar, por otra parte, habían desprestigiado enormemente a las autoridades, quedando el Cabildo como la única autoridad que gozaba del respeto popular. Liniers se hizo cargo del mando militar por mandato de éste, y “a nombre de Carlos IV”.
Gracias principalmente al fervor popular, Beresford fue derrotado y se rindió el 12 de agosto a las fuerzas organizadas por Santiago de Liniers. La contienda, sin embargo, estaba lejos de estar resuelta, ya que la escuadra de Popham bloqueaba el Río de la Plata. Al día siguiente de la Reconquista, ausente el virrey, el Cabildo, tomándose atribuciones que eran jurídicamente dudosas, convocó a los vecinos principales a un Congreso General para “afirmar la victoria”. Con el entusiasta apoyo de dos grupos de activistas, uno de criollos y el otro de españoles seguidores de Martín de Alzaga, la asamblea exigió la sustitución del virrey Sobremonte. No obstante, porque el Cabildo no estaba facultado legalmente para sustituir al virrey, se optó por pretender que éste estaba enfermo, y se designó a Liniers comandante militar de la plaza, como teniente del virrey. Este evento, acaecido el 14 de agosto de 1806, fue de una enorme significación en tanto, aunque intentaran disfrazar los hechos, los funcionarios reales vieron torcida su voluntad por la presión popular y la decisión de un órgano subalterno de gobierno como el Cabildo.
Como consecuencia, el virrey consintió en delegar el gobierno militar de Buenos Aires en Santiago de Liniers y el gobierno político en el regente de la Audiencia, Lucas Muñoz y Cubero, mientras estuviera ausente de la capital. Lo que es más, en los hechos este condicionante no era más que una ficción. Cuando se produjo el anuncio de que el virrey deseaba regresar a Buenos Aires, Pueyrredón se dispuso a detenerlo con un grupo de húsares, mientras el pueblo se preparaba para impedir su entrada en la capital. En Buenos Aires reinaba un fervor popular que era a la vez patriótico y militarista. En alguna medida, las masas estaban ocupando un lugar que nunca antes habían tenido, y que luego no abandonarían por muchas décadas. Liniers organizó la defensa con enorme apoyo de la población, pero en un contexto en el que era la tropa la que proponía a los jefes. Más aún, varios caciques ofrecieron al Cabildo alrededor de 30.000 indios guerreros, armados y con cinco caballos cada uno, oferta que el Cabildo optó por (agradecidamente) dejar para un momento más “oportuno” debido al peligro que representaba llevar semejante fuerza indígena a la ciudad.
Por otra parte, inmediatamente después de producida la reconquista Beresford y Liniers mantuvieron varias entrevistas en las que convinieron un armisticio secreto por el cual los soldados británicos podían embarcarse con sus armas en sus propios transportes, para ser canjeados por prisioneros españoles en Europa. Sin embargo, cuando Beresford quiso poner en práctica este arreglo, el gobernador de Montevideo, Pascual Ruiz Huidobro, le negó su colaboración, a la vez alentado y exigido por las masas que, movilizadas y en armas, habían hecho posible la reconquista. El gobernador alegó que Liniers no tenía autoridad para llegar a semejante arreglo, y en verdad, más allá de los argumentos de leguleyos, la oposición popular lo hubiera tornado catastrófico. Este fenómeno fue de la mayor relevancia, ya que, al decir de Harry Ferns, (2) las invasiones inglesas y la reconquista representaron el primer paso en la movilización de un gauchaje que de ahí en más y hasta 1880 se convertiría en un factor fundamental de la política argentina.
En efecto, cuando la opinión pública se enteró del armisticio convenido entre Liniers y Beresford, hubo sorpresa e indignación, ya que la rendición incondicional del segundo cuando izó la bandera española en el Fuerte había sido presenciada por mucha gente. El general británico se resistía, sin embargo, a renunciar a tan conveniente arreglo, y el 31 de agosto Beresford ordenó a sus oficiales que se abstuvieran de dar su palabra de no combatir contra España si no se cumplía el armisticio. Por su parte, el 6 de septiembre el gobernador Ruiz Huidobro comunicó a Popham que la capitulación con Liniers era nula por haberse firmado cuatro días después de la rendición. Ya para ese entonces había llegado al Río de la Plata una nueva escuadra británica, con 61 buques y alrededor de 11.000 soldados, que se lanzaron a la ocupación de la Banda Oriental para facilitar un nuevo asalto a Buenos Aires. En febrero de 1807 caía Montevideo. El clamor general exigía la internación de los prisioneros, que ante la nueva arremetida británica eran un peligro para la seguridad del país, pero aun en esas circunstancias Liniers no aprobaba la internación. En vista de la actitud de éste, la Audiencia y el Cabildo pidieron su reemplazo a Madrid.
Por otra parte, el envío de la nueva escuadra a Buenos Aires respondió al entusiasmo producido en Londres por el éxito inicial de la expedición de Popham y por el rumbo dado a la política exterior después de la muerte de Pitt. En realidad, la nueva escuadra reunió a varias fuerzas que previamente habían tenido otros destinos. Entre ellas, por ejemplo, se encontraba una expedición de 4.200 hombres al mando del brigadier Crawford, desviada al Río de la Plata pero que originalmente se dirigía a Chile, y cuyo primer objetivo había sido establecer una fuerte posición militar en el Pacífico. Otra fuerza, al mando del brigadier general Samuel Auchmuty, había partido de Falmouth el 11 de octubre de 1806 con 3.800 hombres; y poco antes había zarpado aun otra escuadra, al mando del contraalmirante Stirling, el reemplazante de Popham. El teniente general John Whitelocke fue designado jefe de todas las fuerzas británicas en el Río de la Plata, y zarpó rumbo al mismo con 1.600 hombres y una escuadra poderosa al mando del almirante Murray. Las instrucciones eran claras: establecer una posición de fuerza en la costa desde donde emprender operaciones futuras, y no fomentar ningún acto de insurrección, demostrando a la vez las ventajas del gobierno británico y de la unión con su imperio.
Las fuerzas británicas llegaron paulatinamente, y el 5 de enero Auchmuty y Stirling resolvieron abandonar Maldonado y atacar Montevideo, penetrando en ésta el 3 de febrero. Como una represalia por la falta de cumplimiento de la capitulación con Beresford, la población de Montevideo fue tratada con dureza, tomándose prisioneros a muchos oficiales y soldados, incluyendo al gobernador Ruiz Huidobro, que fueron embarcados para Gran Bretaña.
Con la toma de Montevideo, por otra parte, la ya muy desprestigiada autoridad real en Buenos Aires se desmoronó. El clamor por la destitución del virrey Sobremonte alcanzaba a los vecinos principales, los militares, y por supuesto al pueblo. El 10 de febrero Liniers convocó a la Junta de Guerra, asistiendo a la reunión en el Fuerte las autoridades y algunos vecinos. El comerciante español Martín de Alzaga tomó la iniciativa de pedir la deposición de Sobremonte, y se resolvió que el Cabildo solicitaría a la Audiencia la suspensión de sus funciones y su arresto. Incluso recaía sobre él la sospecha de complicidad con los británicos debido a que se había negado a entregar a Liniers cabalgaduras para la defensa de Montevideo. Como medida temporaria, la Junta General lo suspendió de sus cargos de virrey, gobernador y capitán general, deteniéndolo y confiscando también sus bienes.
El regente de la Audiencia se hizo cargo del gobierno y nombró a Liniers comandante de Armas y brigadier de la Real Armada, “con el mando de la ciudad de Buenos Aires y su territorio, interinamente hasta nueva orden Real”. Más tarde, conocidos en España los episodios de la reconquista, la corona resolvió enjuiciar a Sobremonte por la entrega de Buenos Aires, y designó virrey interino a Pascual Ruiz Huidobro, que estaba en Gran Bretaña, preso de los ingleses. Más allá de esto, lo que estaba cada vez más claro era que la autoridad real estaba completamente devaluada en el Río de la Plata, en el que en la práctica, aunque acosado por los ingleses, imperaba la autodeterminación. No se esperó la decisión de la Corona para tomar medidas extremas contra el virrey, y se actuó en el marco de lo que, desde el punto de vista de las leyes del reino, era la ilegalidad más absoluta. Los mismos peninsulares radicados en Buenos Aires, como Alzaga, alentaron la medida. A su vez, las clases populares exigían exaltadamente el  derrocamiento de aquél.
Mientras tanto, el general Beresford, prisionero en el Río de la Plata, conspiraba con algunos patriotas para escaparse arguyendo que en realidad Gran Bretaña deseaba la independencia de esas provincias, y que él era el único que podía evitar un ataque inglés a Buenos Aires desde Montevideo. Entre otros, Saturnino Rodríguez Peña y Manuel Aniceto Padilla aceptaron esas argucias, y a pesar de que Martín de Alzaga levantó la voz de alarma y consiguió que el fiscal Villota previniera a Beresford que sería internado a Catamarca, éste fue liberado por el primero y sus amigos antes del traslado, conjuntamente con otro oficial británico, el teniente coronel Pack. Ya liberado y fuera del alcance de los patriotas, Beresford conversó con Auchmuty, no obstante lo cual los británicos intimaron la rendición de Buenos Aires el 26 de febrero de 1807, al día siguiente de esas conversaciones. A partir de entonces, Beresford no volvió a hablar de la independencia del Río de la Plata.
En estas circunstancias, Whitelocke ordenó la concentración de todas sus fuerzas en Montevideo y resolvió atacar Buenos Aires. El desembarco se realizó en la Ensenada de Barragán el 28 de junio de 1807, y el 3 de julio los ingleses intimaban la rendición de la plaza. Mientras tanto, el 29 de junio, apenas un día después de la puesta en marcha de la invasión a Buenos Aires de parte de Whitelocke, había llegado desde España la Real Orden fechada el 24 de febrero por la cual (como ya se dijo) se nombraba virrey interino a Ruiz Huidobro, brigadier de la Real Armada a Liniers, y se establecía que en el caso de vacancia del cargo de virrey el mismo recayera interinamente sobre el jefe más antiguo. Como Ruiz Huidobro estaba preso en Gran Bretaña, Santiago de Liniers y Bremond accedió al cargo de virrey poco antes de entrar en batalla con los invasores.
En Buenos Aires se decretó una “situación de alarma”. El Cabildo se declaró en sesión permanente. Se emitieron severos bandos contra quienes difundieran ideas derrotistas, y se censó y vigiló a los extranjeros, a la vez que se envió al Interior a los oficiales británicos prisioneros. El 1º de julio Liniers fue vencido en las afueras de Buenos Aires. En ese momento crucial, Whitelocke perdió la oportunidad de entrar a una ciudad momentáneamente desmoralizada. En vez de ello, intimó dos veces su rendición, mientras la ciudad continuaba con sus preparativos de defensa, organizados por Alzaga mientras duró la corta ausencia de Liniers.
Finalmente, tres días después de la derrota inicial de Liniers la ciudad fue atacada torpemente, con un ejército fraccionado en muchas columnas, sin apoyo de la escuadra ni de la artillería, aparentemente porque Whitelocke no deseaba apoderarse de una ciudad en ruinas. No necesita repetirse aquí la tradicional narrativa argentina sobre aquella heroica defensa en la que cada edificio se convirtió en trinchera y cada esquina en una trampa mortífera: por una vez, los constructores de mitos oficiales no necesitaron acudir a ficciones para introducir una auténtica gesta en la historiografía argentina. M. A. Cárcano, por ejemplo, no perdió la oportunidad de comparar esa defensa con el sitio de Stalingrado, acordándole mayor mérito porque tuvo lugar un siglo y medio antes.
La jornada del 5 de julio terminó con el Retiro y la Residencia en manos del invasor, pero con el centro de la ciudad intacto y los británicos desmoralizados. En este contexto, una nueva ofensiva española terminó con la resistencia de importantes jefes británicos, como Crawford y Pack. Las reservas del general Mahon llegaron cuando el grueso de la fuerza británica ya había sido vencida.
A partir de allí, Liniers y Alzaga conminaron a Whitelocke a evacuar Montevideo y embarcarse para su país. Este rechazó la intimación y propuso una tregua de 24 horas para recoger heridos.  Liniers no la aceptó, atacando nuevamente con su artillería. Frente a esto, el general Whitelocke y el almirante Murray capitularon. La capitulación puso fin a las hostilidades y fue cumplida escrupulosamente por ambas partes. El tratado de capitulación establecía el cese inmediato de las hostilidades en cada lado del Río de la Plata. Las fuerzas británicas debían embarcarse en el término de diez días y la plaza de Montevideo devuelta dentro de los sesenta. Mutuamente se devolvieron los prisioneros de la primera y segunda invasión. Los oficiales británicos serían liberados después de haber jurado que no emplearían sus armas contra Sudamérica hasta su llegada a Europa. En marzo de 1809 en Londres, Whitelocke fue degradado y expulsado del ejército británico por una corte marcial, declarado totalmente inepto e indigno de servir a Su Majestad como militar.
Superada la emergencia, la invasión terminó teniendo efectos políticos beneficiosos para el Río de la Plata, tanto localmente como en Londres. Como es bien sabido, para el ánimo patriota la derrota de los británicos significó un salto abismal en su autoestima: si podían defenderse sin auxilios extranjeros del asalto de la principal potencia mundial, podían autogobernarse. Por el otro lado, en Londres la derrota sirvió para reanimar la idea de que Hispanoamérica debía ser independiente, y que la adquisición de más territorio para el Imperio Británico era costosa y muy riesgosa. Más inteligente y útil era privar a sus competidores de sus propios imperios.

  • NOTAS

  1. M. A. Cárcano, op. cit., pp. 198-200.

  2. H. S. Ferns, Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX, Buenos Aires, Solar-Hachette, 1968.

Aclaración: Las obras citadas (op. cit.) que no se mencionan explícitamente en este listado de citas, se encuentran en las páginas inmediatamente anteriores. Para ello, haga un click en el botón “Anterior”. También puede utilizar la opción “Búsqueda” , ingresando el nombre del autor de las obras respecto de las cuales se requiere información.

http://www.argentina-rree.com/2/2-007.htm

Anuncios

3 comentarios el “Las cuatro banderas inglesas son los trofeos de la reconquista de Buenos Aires

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s