La Llave de la Verdad, el manual de los paulicianos armenios


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Khor Virap Monastary in Armenia with Mount Ara...
Khor Virap Monastary in Armenia with Mount Ararat in the Background. Taken with a Canon 30D and Canon 100mm f/2.8 USM lens. (Photo credit: Wikipedia)

Los Paulicianos son una agrupación cristiana que aparece en la zona de Armenia en el siglo VII de nuestra era y que se desarrolla en Anatolia y los Balcanes en los siglos posteriores alcanzando gran predicamento y siendo los antecesores de los bogomilos.
El origen de los paulicianos es oscuro solo se sabe que se les encuentra por primera vez en la zona de Armenia alrededor del año 650. Algunas fuentes colocan como fundador a Costantino de Manamali nacido cerca de la ciudad siria de Samosata. Los primeros años de la historia de los paulicianos transcurren con un silencio en las fuentes. Se sospecha que en esa época consiguieron una audiencia considerable en la zona del alto Éufrates y la Anatolia oriental, tanta que influyeron en la política religiosa de León III. Las campañas en Siria y Armenia de su hijo Constantino V los llevó hacia los Balcanes como Stratiotas ya sea por deportación o como tropas fieles. Durante la época Iconoclasta se les favoreció moderadamente. Restaurado el culto a los iconos (o imágenes) el favor se disipó y dada su heterodoxia cristológica empezaron a ser perseguidos, o al menos importunados.

En esa época su líder era Sergio que llevó a cabo una importante política de proselitismo. Los emperadores de la segunda época Iconoclasta no disminuyeron la persecución hacia los paulicianos, lo que les llevó a huir hacia la Armenia oriental controlada por el califato Abbasí y haciendo causa común con ellos. Karbeas (un antiguo funcionario, huido tras las persecuciones), sucesor de Sergio, estableció un estado pauliciano en esta zona. Es en esta época cuando el paulicianismo adquiere el tono maniqueo por el que serán conocidos; (un maniqueísmo muy atemperado, si bien parece que afirmaban que la materia era obra de Satanás, esto no les lleva a una crítica-condena del matrimonio y la procreación y posiblemente no eran tan ascetas ni rigurosos como lo eran en Bizancio). En la actualidad se ha descubierto un escrito de ellos llamado «la llave de la verdad» que ha puesto en duda su heterodoxia y apunta a ser un grupo ortodoxo antecesor de los evangelicos los cuales afirman ser sus sucesores y señalan que ellos fueron inspiracion para la reforma protestante.

Paulicianos es el nombre de una secta oriental cuyos miembros pretendían ser la verdadera iglesia, denominándose «cristianos» y a los católicos «romanistas» y distinguían entre el creador y el Señor de este mundo y el verdadero Dios del cielo, a quien sólo el espíritu regresa, rechazando consecuentemente una encarnación por medio de María; para ellos la madre de Dios era la Jerusalén celestial, de la cual Cristo procedió y en la cual entró. En su misericordia Dios envió un ángel a quien llamó su Hijo e hizo que naciera, liberando la fe en él del juicio. La importancia de Cristo la encontraban principalmente en su enseñanza. En lugar de la cruz ellos honraban el evangelio, porque contiene las palabras de Cristo; esas palabras eran el verdadero bautismo, aunque permitían a sus hijos ser bautizados por clérigos cautivos. Hacia la Cena adoptaban una actitud similar. Rechazaban la jerarquía y el monasticismo, enseñando que Pedro en el bautismo había visto al Señor del mundo cayendo del cielo en atuendo de monje y dando instituciones monásticas a los hombres. Parece que rechazaban los escritos de Pedro, pero aceptaba los otros libros del Nuevo Testamento. En general subrayaban la vida piadosa en lugar de la doctrina y las observancias externas, por lo que se convirtieron en una ofensa para la ortodoxia.
El origen de los paulicianos es oscuro. El nombre aparece en el canon 32 de un sínodo celebrado en Turin, Armenia, por el patriarca Juan de Otzun en el año 719 y en un escrito suyo contra ellos. El Scorialensis (i.) y Gregorio el Maestro (Mkrttschian, p. 148) derivan la secta de Pablo de Samosata y Conybeare (p. 105) favorece esta suposición; pero lo que se sabe de los paulicianos no permite señalar a ese Pablo como su fundador. A veces se ha afirmado una conexión con el maniqueísmo y el Scorialensis (i.) señala que una tal Kallinike envió a sus hijos, Pablo y Juan, a Episparis en Armenia para difundir la doctrina maniquea. Sin embargo, los paulicianos no sabían de ninguna relación con los maniqueos y estuvieron siempre preparados para rechazar a Manes así como a los mencionados Pablo y Juan. Gieseler (pp. 103 sqq.), Neander (p. 344) y Mkrttschian (p. 110) afirman un origen marcionita. Döllinger (p. 2) favorece una conexión con los marcionistas y los archontici. Es difícil creer que no hubiera relaciones con herejías anteriores; sin embargo las fuentes atribuyen el origen de la secta únicamente a un tal Constantino de Mananalis, cerca de Samosata, de quien se dice que vivó durante 27 años como cabeza de una congregación en Kibossa y de haber sufrido la muerte bajo Constantino Pogonato (628-685). Enseñó que el Nuevo Testamento era la única guía y no escribió nada. Dirigentes posteriores, llamados por sus seguidores por los nombres de los compañeros de Pablo (Constantino conocido como Silas) y honrados como verdaderos apóstoles de Cristo y manifestaciones del Espíritu Santo, fueron Simeón-Tito; Gegnesio-Timoteo, un armenio; José-Epafrodito, quien se dice que fue durante 30 años cabeza de una congregación en Antioquía de Pisidia; Zacarías (rechazado por algunos como asalariado); Baanes, llamado el Sucio por su forma de vida, la cual copió de Diógenes el cínico y Sergio-Tíquico. Éste último huyó de los oficiales imperiales a territorio musulmán y se dice que fue asesinado allí tras una actividad de 30 años, admitiendo incluso sus enemigos su rectitud de vida y admirables cualidades. Se enumeran seis congregaciones bajo nombres de iglesias apostólicas: Macedonia (Kibossa), fundada por Constantino y Simeón; Acaya (Mananalis), fundada por Gegnesius; Filipos; la congregación de José y Zacarías; Laodicea (Mopsuestia) y Colosas.

Mucho antes de que los paulicianos aparecieran en grupos que perturbaban la paz pública, se dice que Constantino Coprónimo (741-775) transportó algunos a Tracia, donde parecen haber fundado a los búlgaros bogomiles. Nicéforo (802-811) tomó de ellos para el ejército y les otorgó privilegios a cambio de su ayuda. Miguel I (811-813) y Teodora (regente de su hijo Miguel III, 842-856) los persiguieron severamente. Ellos huyeron a territorio musulmán y desde ahí devastaron las provincias imperiales. Su líder, Karbeas, fundó la fortaleza de Tefrika, al lado de la frontera y la hizo cuartel general de sus correrías. Su sucesor, Crysocheir, penetró en el año 867 en Éfeso y se dice que reclamó el dominio de todo el este (cf. Gieseler, p. 96). Fue asesinado en el año 871 y el poder de Tefrika quebrantado.

Los «selicianos» en Constantinopla bajo Teodora, que se reconciliaron con la Iglesia por el patriarca Pretorio, eran evidentemente paulicianos (cf. Friedrich, p. 82) y el año 866 Focio habla de paulicianos convertidos en la capital. En Armenia fueron perpetuados por los denominados tondracianos (tondraki) bajo la dirección de Smbat (primera mitad del siglo noveno). Gregorio el Maestro cita a seis líderes después de Smbat y se jacta de haber convertido a más de 1.000 de la secta por mandato del emperador Constantino Monomachus (1042-54) y extirpar a otros (cf. Mrkttschian, pp. 142, 145, 149). No obstante, en Armenia se produjeron manifestaciones ligadas a los paulicianos hasta tiempos recientes.

En la búsqueda de una conclusión respecto a las doctrinas y prácticas de los paulicianos hay que dar crédito a La Llave de la Verdad, el manual de los paulicianos armenios (thondraki, thondraketzi), cuyo texto en traducción inglesa y una introducción de casi 200 páginas fue publicado en Oxford en 1898 por Fred C. Conybeare. El manuscrito, mutilado en cierta forma, fue tomado de un grupo de thondraketzi, que habían emigrado (1828-29) de la Armenia turca a la localidad de Djêwiurm, en el cantón de Knus en la Rusia armenia y estuvieron propagando (1837) sus doctrinas con considerable celo. Los procedimientos inquisitoriales resultaron no sólo en la captura de su libro sino también en la obtención de información sobre sus doctrinas y prácticas, que confirmaban las enseñanzas de La Llave de la Verdad. Mediante una elaborada comparación del documento con los escritos griegos y armenios de los tiempos antiguos y medievales, Conybeare llega a la conclusión de que las partes litúrgicas del libro (bautismo, Cena, consagración de niños, etc.) se originaron en el siglo cuarto o solo un poco más tarde y que la introducción pertenece al siglo IX. Las doctrinas y prácticas cree que representan el tipo de cristianismo que se propagó primero en Armenia y que era fundamentalmente primitivo. El ingenuo adopcionismo del escrito lo encuentra en concordancia con el cristianismo judaico antiguo e incluso con la cristología de la Didaché, el Pastor de Hermas, Justino Mártir, la Disputación de Arquelao con Manes y documentos semejantes antiguos y su antagonismo con la práctica del bautismo de niños, que había sido ampliamente prevaleciente en las iglesias desde el siglo tercero en adelante, al estar basado no sólo sobre su sentido de no innovar, sino también sobre el hecho de que se suponía que Jesús se había convertido en el Cristo y había sido adoptado como Hijo de Dios en relación con su bautismo y de ahí deducían que era el deber de cada creyente verdadero hacer su debida preparación para recibir el bautismo tras la madurez, siguiendo el ejemplo de Jesús, para convertirse, en un sentido inferior, en hijos de Dios. Como la influencia de la Iglesia y el imperio griegos fueron dominantes en Armenia los creyentes de la antigua modalidad, quienes sostenían la cristología adopcionista y el bautismo de creyentes, fueron una facción perseguida, llegando a estimar a sus perseguidores político-eclesiásticos como emisarios y representantes de Satanás, de quien ellos derivaron su bautismo de niños, sus errores cristológicos y su espíritu perseguidor. La disposición de los paulicianos para atribuir a la obra satánica las doctrinas y prácticas tenidas por ellos como erróneas y dañinas pudo dar origen a la acusación de herejía dualista dirigida contra ellos por sus oponentes. Que hicieran poco uso del Antiguo Testamento se debe sin duda, en el caso de los paulicianos, como en el de los valdenses, anabaptistas y otros, al hecho de que el sistema teocrático del Antiguo Testamento era usado por sus oponentes para la justificación de la unión de la Iglesia y el Estado, la persecución de disidentes y la membresía eclesiástica por el bautismo de niños, tal como la circuncisión los hacía miembros en la comunidad teocrática. Por supuesto es posible, si no probable, que el dualismo maniqueo y marcionita pudo en algunos casos haberse mezclado con la forma más primitiva de cristianismo representada por La Llave de la Verdad. Conybeare también afirma que es altamente probable que las facciones evangélicas medievales y por medio de ellas los evangélicos radicales de los siglos XVI y siguientes, se debieran a la propaganda de los paulicianos, quienes al principio de la Edad Media se asentaron en grandes números en Bulgaria y regiones adyacentes y se esparcieron hacia el oeste, por las rutas de viajes y comercio.
La parte de la historia de la Iglesia que no ha sido debidamente contada.

Los paulicianos

Rodrigo Abarca

La historia de las iglesias que se apartaron de la corriente principal del cristianismo organizado, tiene en Armenia y Asia Menor a sus más valientes representantes en los así llamados ‘Paulicianos’. Perseguidos durante siglos hasta su casi completo exterminio, lo poco que sabemos de ellos nos ha llegado a través del testimonio prejuiciado e incluso malintencionado de sus perseguidores, y un libro escrito por ellos, recientemente encontrado.

Como hemos visto antes, la sola existencia de alguna clase de cristianismo verdadero resultó siempre intolerable para la cristiandad organizada, pues el contraste entre ésta y la pureza espiritual de aquellos grupos de creyentes perseguidos, ponía de manifiesto su ruina espiritual y moral. Y también colocaba en entredicho sus pretensiones de ser la ‘única iglesia verdadera’.

Por ello, no sólo se dedicó a perseguir y matar los creyentes que disentían de sus prácticas y no se sometían a su dominio, sino que también a deformar, envilecer y destruir su memoria con perversas y absurdas acusaciones de herejía y maldad.

Por cierto, detrás de tanta hostilidad no cabe descubrir otra cosa que al mismo dragón escarlata de Apocalipsis 12, cuya ira contra los santos que retienen el testimonio de Jesucristo desata las más crueles persecuciones en su contra.

Este es el contexto en que se desenvuelve la historia de los Paulicianos, quienes florecieron con mayor intensidad entre los siglos VII y IX d. de C., en las regiones orientales de Armenia, el monte Ararat y aún más allá del río Eufrates, aunque su origen, de acuerdo con algunos historiadores, puede ser trazado incluso hasta el período apostólico. Ellos mismos afirmaban ser parte de la «santa iglesia apostólica y universal de Jesucristo», y sólo se llamaban a sí mismos «cristianos» o «hermanos» y decían descender de las antiguas iglesias apostólicas.

Que esto sea o no verdad en un sentido temporal, tiene menos importancia que su veracidad espiritual. Pues estos hermanos buscaron mantenerse fielmente dentro de la enseñanza apostólica del Nuevo Testamento. De hecho, debido a su gran amor y respeto por las Escrituras, y en especial por los escritos del apóstol Pablo, fueron probablemente llamados «Paulicianos» por sus perseguidores. Y por esta causa, se encontraron en conflicto con la mayor parte de la cristiandad oficial de su tiempo.

A partir de la Escritura, rechazaban firmemente la unión de la iglesia y el estado, y veían en ella la fuente de muchos de los males de la cristiandad. Por lo mismo, se oponían también a la veneración de imágenes, el culto a María, el bautismo de niños, y la autoridad eclesiástica centralizada y jerarquizada del sistema episcopal. Sus iglesias estaban dirigidas por ancianos de probado carácter espiritual, y no poseían ninguna clase de control centralizado. Existían también maestros itinerantes que viajaban extensamente entre las iglesias para instruirlas y fortalecerlas. Hombres de carácter apostólico cuyos nombres aún se recuerdan debido a la gran influencia que ejercieron en sus días.

La comunión de estas iglesias era de carácter eminentemente espiritual y no estaba basada en un credo doctrinal bien definido y admitido por todas. No estaban tan interesadas en el rigor doctrinal, como en el amor, la comunión y la experiencia cristiana genuina y práctica. Bien se podría decir que eran cristianos ‘pre-dogmáticos’, en el sentido de que se desarrollaron ajenos a todas las controversias doctrinales que agitaron amargamente las aguas de la cristiandad organizada. Por ello, no cabe esperar de ellos definiciones dogmáticas precisas y acabadas1, sino más bien un inconfundible sabor evangélico y bíblico en los pocos escritos que les sobrevivieron.

Sin embargo, esto se encuentra a años luz de las acusaciones de herejía que recibieron de sus perseguidores. De hecho, bajo esa óptica dogmática e intransigente, también los grandes padres de la iglesia antigua, que tanto trabajaron por el «desarrollo del dogma», pueden ser sospechosos de herejía al ser confrontados en forma extemporánea con los credos de una cristiandad posterior a su tiempo. Si los credos tienen algún valor, este se deriva de su fidelidad a la Escritura, y por lo mismo, no tienen la autoridad final de esta última. Son como señales en el camino que nos indican los caminos que no debemos tomar. Algo muy distinto es hacer de ellos lanzas y espadas afiladas para perseguir, acusar y condenar a otros creyentes, tal como trágicamente ha ocurrido en la historia de la cristiandad.

Por cierto, como ya se ha visto en otros casos, la acusación principal contra ellos fue la de maniqueísmo, pues este cargo, de ser probado, conllevaba la pena de muerte en la ley romana de ese tiempo. No obstante, según consta en los mismos testimonios de sus ejecutores, ellos siempre rechazaron ese cargo como una calumnia, y se declararon fieles discípulos de Cristo. Por lo demás, esto es mucho más coherente con el gran amor y fidelidad que profesaban hacia la Escritura como única fuente de autoridad, lo cual resulta totalmente incompatible con su supuesta adhesión al maniqueísmo. Finalmente, uno de sus pocos escritos que sobrevivieron a la destrucción, llamado «La Llave de la Verdad» no muestra traza alguna de maniqueísmo en su contenido, sino una fe esencialmente bíblica.

Aunque no conocemos el nombre del autor de dicho libro, sí sabemos que hubo entre ellos algunos prominentes ministros de la Palabra, como ya mencionamos, quienes derramaron sus vidas por causa del Señor Jesucristo, cuya vida y testimonio merecen ser recordados.

Constantino Silvano

Como se ha dicho, la historia de este grupo de hermanos comienza a ser conocida a partir del siglo VII. En ese tiempo, alrededor del año 653 d. de C., un hombre llamado Constantino recibió en su casa a un viajero armenio, quien en gratitud le dejó un valioso regalo: los manuscritos de los cuatro evangelios y las epístolas paulinas. De hecho, muchos han querido ver en Constantino al fundador de los Paulicianos, pero ellos siempre alegaron un origen mucho más antiguo. Mientras leía aquellos escritos, la luz entró en su corazón y se convirtió en un valiente testigo de Cristo. Muy pronto, un grupo de creyentes se reunía con él para estudiar las Escrituras fuera de la tutela de la iglesia organizada. Constantino fue recibido pronto entre los hermanos como un dotado maestro y viajó extensamente predicando el evangelio y enseñando en las iglesias. Cambió su nombre por el de Silvano, debido a su admiración por el apóstol Pablo, estableció su hogar en Kibossa y desde allí viajó hacia el este siguiendo el curso del río Eufrates y hacia el oeste, a través de Asia Menor. Su ministerio se extendió por más de 30 años.

Finalmente, debido a su extensa labor e influencia, el emperador romano de oriente (Bizancio) emitió un decreto en su contra. En el año 684 fue capturado por un oficial del imperio llamado Simeón, y apedreado hasta morir. Sin embargo, Simeón quedó tan impresionado con lo que vio y escuchó durante el arresto y la ejecución de Constantino Silvano, que, tras su regreso a la corte de Bizancio, no pudo conseguir paz ni tranquilidad para su alma. Finalmente, tras dos años de lucha interior, decidió abandonar todo y regresar al lugar donde había muerto Constantino. Allí se entregó al Señor, fue bautizado, y continuó la obra que Constantino había realizado. Muy pronto se unió al ejército de los mártires, pues también fue capturado y quemado públicamente junto a muchos otros hermanos. No obstante, esto no detuvo al resto de los creyentes, y su obra continuó expandiéndose.

Sergio

Después de Constantino Silvano, otro hombre de considerable influencia entre los hermanos fue Sergio, quien ejerció su ministerio entre los años 800 al 834. También se convirtió al Señor tras leer atentamente la Escritura, particularmente los evangelios. A partir de allí, comenzó un extenso ministerio por cartas, además de sus viajes. Dichas cartas circularon con gran autoridad entre las iglesias y ayudaron a sanar las divisiones que estaban surgiendo entre ellas. Viajó extensamente de este a oeste, hasta que, según nos dice: «mis rodillas estuvieron fatigadas».

Aunque siempre trabajó como carpintero, sirvió a innumerables hermanos en el ministerio de la palabra por 34 años, visitando prácticamente todas las regiones de las tierras altas de Asia Central. Su vida acabó bajo el hacha del verdugo imperial el año 834 d. de C.

La lucha contra la idolatría

Una de las mayores batallas entre los hermanos y la iglesia organizada se libró en torno al asunto de las imágenes. Diferentes emperadores bizantinos se declararon sucesivamente a favor o en contra del uso de imágenes. Como los hermanos rechazaban abiertamente el uso y la veneración de éstas, su situación también fluctuaba de acuerdo con la posición que tomaba el emperador de turno. Bajo el reinado de León III (660-740 d. de C.), quien publicó un edicto imperial en contra de las imágenes, fueron protegidos por el emperador, y se les permitió ejercer su fe sin persecuciones. Incluso, algunos de ellos fueron trasladados por el mismo hijo del emperador hasta los Balcanes, donde iniciaron una extensa y fructífera obra.

No obstante, esta política fue variando con los siguientes emperadores. A la muerte de Téofilo (842 d. de C.), quien se oponía a las imágenes, subió al trono la emperatriz Teodora, ardiente defensora de éstas, quien inició la más terrible y sangrienta de todas las persecuciones contra los paulicianos. Bajo sus órdenes fueron decapitados, ahogados y quemados millares de hombres, mujeres y niños. Se calcula que durante ese tiempo (842-867 d. de C.) cerca de 100.000 hermanos perdieron la vida.

Las terribles persecuciones y tormentos que debieron soportar inclinaron, infelizmente, a algunos hermanos a tomar las armas y unirse a los musulmanes para luchar contra el imperio que cruelmente los perseguía. Este hecho marcó el comienzo de la decadencia espiritual entre ellos. Pues toda vez que, en la historia, los creyentes han tomado la espada para defenderse, han cosechado ruina y destrucción. La advertencia del Señor a Pedro es determinante: «Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada también perecerán».

A pesar de todo, debe consignarse la fidelidad de estos hermanos, conocidos como paulicianos, quienes por cerca de 300 años mantuvieron en alto el estandarte de la fe y la pureza evangélica, en medio de las más crueles difamaciones y persecuciones. Resistieron valiente y pacíficamente todos los esfuerzos que, a lo largo de esos años, se hicieron para destruirlos. Y aunque en siglos posteriores, cuando su condición espiritual había declinado, algunos tomaron el camino de la lucha armada contra el imperio, muchos de ellos continuaron fieles y se esparcieron hacia el oeste, llevando consigo su mensaje de simplicidad y pureza evangélica, como fieles seguidores de Cristo. Allí, en occidente, los volveremos a encontrar con el nombre de Bogomiles, o amigos de Dios, dispuestos a escribir un nuevo capítulo de heroísmo y fe.

La llave de la verdad

Una última palabra debe ser dicha acerca del único libro importante que sobrevivió a los paulicianos, llamado «La Llave de la Verdad». Fue descubierto a fines del siglo 19. Se trata de una serie de consejos, escritos a las iglesias por un autor desconocido. Aunque sus enseñanzas no deben ser tomadas como un credo dogmático, son, en general, una clara exposición de su fe y práctica. En ellas hay un inconfundible sabor evangélico. Rechaza el bautismo de niños y declara que éstos deben ser criados por sus padres en la fe y la piedad según el consejo de los ancianos de la iglesia. Esto debe ser acompañado por oraciones y la lectura de la Escritura.

También, al hablar sobre la ordenación de ancianos, declara que éstos deben ser de perfecta sabiduría, amor, prudencia, gentileza, humildad, coraje y elocuencia. Se les debía preguntar si estaban dispuestos a beber del vaso del Señor y ser bautizados con su bautismo, y su respuesta debía ser una clara demostración de los peligros que estos hombres debían enfrentar por causa del Señor y su rebaño: «Tomo sobre mí los azotes, prisiones, torturas, oprobios, cruces, golpes y tribulaciones, y toda tentación del mundo, que nuestro Señor e Intercesor de la iglesia apostólica y universal tomó sobre sí mismo, aceptándolos con amor. También yo, un indigno siervo de Jesucristo, con gran amor y pronta voluntad, tomo sobre mí todo esto, hasta la hora de mi muerte».

Estas palabras demuestran el valiente espíritu de fe con que estos hombres y mujeres se entregaban al Señor Jesucristo, conscientes de que podían sellar su testimonio con la corona del martirio, tal como en verdad ocurrió con cientos de miles de ellos.

Este libro despeja también cualquier duda sobre su supuesto gnosticismo o maniqueísmo. Ninguna traza de estas herejías aparece en él. Quizá el único pasaje controversial es el que describe el bautismo del Señor, donde se dice que en ese acto, a los 30 años de edad, «nuestro Señor recibió el señorío, el sumo sacerdocio, y el reino… y fue lleno de la divinidad». Estas afirmaciones no parecen negar la divinidad del Señor antes de su bautismo2, sino más bien enfatizar que a partir de entonces, comenzó a manifestar esos atributos divinos, que hasta entonces permanecieron escondidos. Por lo demás, el pasaje no afirma nada más al respecto, ya que su intención no es teológica sino práctica. Su propósito parece ser la fundamentación del bautismo en personas conscientes de sus actos, en oposición al bautismo de niños.

Los así llamados paulicianos representaban una fe más práctica que especulativa, más bíblica que dogmática, que se desarrolló por fuera de las definiciones y controversias dogmáticas de la cristiandad organizada de su tiempo. Por ello, su testimonio nos habla más bien de un cristianismo más antiguo y original que buscó mantenerse ardientemente fiel a las enseñanzas apostólicas sobre Cristo y su iglesia, contra todo y a pesar de todo, hasta teñirse por completo con la sangre de sus mártires.
DIGENIS AKRITAS

Poema épico bizantino del siglo X

PAULICIANISMO. DUALISMO CRISTIANO 1.0

Perpetrado por Oskarele

También en el área del Imperio Bizantino, como varias de las herejías que venimos analizando en esta sección, cobró fuerza hacia el siglo VII un movimiento considerado herético que caló especialmente entre los miembros de la pequeña iglesia de Armenia, aunque se extendería por buenas parte de Anatolia y los Balcanes y que con el tiempo desembocaría en los Bogomilos, a su vez emparentados con los posteriores cátaros. Se trata de lo que se conoce como “Paulicianismo” y vendría a ser una doctrina cristiana aunque con influencias paganas, gnósticas, maniqueas e islamistas. Veamos un poco su historia y su curiosa doctrina.

En primer lugar hay que decir que los datos que tenemos son pocos, escuetos y algo sospechosos, pues en su mayor parte los proporcionan quienes les condenaron, la iglesia de Roma (Aparece por primera vez en las actas del sínodo armenio de Duin en 719, uno de cuyos cánones prohíbe que nadie pase la noche en la casa «de los malvados herejes paulicianos”)

Su doctrina es sumamente interesante: el punto clave es la distinción entre el Dios que hizo y gobierna el mundo material y el Dios del cielo que creó las almas, el único al que se debe adorar. Esto se debe a que consideraban mala a toda la materia y por lo tanto el mundo lo era, así que no pudo ser creado por Dios. Esto, como veremos, los relaciona con los posteriores bogomilos y cátaros, pero también con los anteriores maniqueos y seguidores de Zoroastro.

En definitiva, con las corrientes dualistas.

Pero hay más: rechazaban el Antiguo Testamento, por un lado, pero también el nuevo, en parte, pues no creían que hubiese habido encarnación: Jesús, para ellos, era un ángel enviado al mundo por Dios, no Dios encarnado. Por lo tanto no creían ni en el bautismo ni en la eucaristía (no creían que hubiese muerto el nazareno, más que nada porque no creían que fuese humano, por la tanto el rito basado en su muerte no tiene sentido).

Por esto mismo no honraban la cruz y eran iconoclastas. Y creían un Nuevo Testamento versión 2.0, recortado a su gusto: rechazaban las cartas de Pedro, porque había negado a Cristo (tres veces) y siempre se referían al “Evangelio y Apóstol”, aparentemente San Lucas o San Pablo.

De todo esto podemos deducir que consideran que toda la jerarquía eclesiástica era mala, como también todos los sacramentos y el ritual. Su organización iba desde los lideres, autodenominados apóstoles y profetas, hasta los “compañeros-trabajadores” (synechdemoi) que formaban un consejo, y los “notarios” (notarioi), que cuidaban de los libros santos y mantenían el orden en las reuniones. Y sus templos no se llamaban iglesias, sino “casas de oración” (proseuchai).

Han sido descritos en varios estudios como sobrevivientes del primer y puro cristianismo, gente religiosa que se agarraba al Evangelio, que rechazaban supersticiones posteriores y que fueron groseramente calumniados por sus oponentes.

Su historia y su origen no están del todo claros, aunque se les encuentra por primera vez en la zona de Armenia alrededor del año 650. Se dice que el fundador fue un tal Costantino de Mananalis, que fundó la primera comunidad en Kibossa, cerca de Colonia (Armenia) hacia el 657. Este predicó durante casi treinta años y difundió la secta por toda la zona occidental de Asia menor, hasta que fue juzgado por herejía y condenado a muerte (por lapidación). Sus súbditos, como por ejemplo un tal Simeón (llamado Tito) enviado por el emperador Constantino Pogonato (668-85) a eliminar la secta pero que se convirtió a ella, también acabaron siendo condenados. Otro de sus seguidores fue un tal Pablo al que creen que se debe el nombre de la secta y también fue ejecutado. Pero además sufrieron la persecución de los musulmanes, que en otras ocasiones los respetaron, algo parecido a lo que pasó con el gobierno imperial bizantino, que a veces los protegía y otras los perseguía: Constantino IV y más aún Justiniano II, los persiguieron cruelmente, sin embargo, el primer emperador iconoclasta (León III) y sus sucesores) los protegieron.

Sea como sea, se mantuvieron activos durante los siglos VII y VIII y se alternaron persecuciones cono momentos de permisividad, como hemos visto. En los Balcanes, adonde fueron expulsados por el Imperio Bizantino, se cree entraron en contacto con otros grupos locales, derivando en la herejía de los Bogomilos, de la que posteriormente hablaremos y que, como hemos indicado, estaban vinculados a los famosos Cátaros, de los que también hablaremos… pronto.

Más información y fuentes por aquí: el libro “Herejes y malditos en la historia”, de Agustín Celis Sánchez (Ed. Alba Libros, 2006l

http://www.iglesiapueblonuevo.es/index.php?codigo=enc_paulicianos

http://es.wikipedia.org/wiki/Paulicianos

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